Cuento – La dignidad del arte
La dignidad del arte
Yo escribo para quienes no pueden leerme.
Los de abajo, los que esperan desde hace siglos
en la cola de la historia, no saben leer
o no tienen con qué.
Cuando me viene el desánimo, me hace bien
recordar una lección de dignidad del arte
que recibí hace años, en un teatro de Asís, en Italia.

Habíamos ido con Helena a ver
un espectáculo de pantomima, y no había nadie.
Ella y yo éramos los únicos espectadores.
Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el
acomodador y la boletera.
Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público,
trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo
la gloria de un estreno a sala repleta.
Hicieron su tarea entregándose enteros,
con todo, con alma y vida;
y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala.
Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.
Eduardo Galeano


