Leer en la oscuridad

Leer alimenta el alma y la memoria, sirve herramientas a la mente, abre mundos, aviva y entrena la imaginación, inspira, enseña a deducir, a relacionar, a pensar. Y, además, entretiene y emociona. Leer es un acto humano por excelencia, uno de los más bellos y trascendentes actos humanos. Casi uno de cada dos chicos en edad escolar en la Argentina (el 48,1%) no lee libros, historietas, o texto impreso alguno. Hablamos de la mitad de esos chicos. La cifra es desesperanzadora, genera tristeza y desaliento. Fue proporcionada por la Universidad Católica Argentina (UCA) a través de su Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, y es el resultado de una compulsa realizada en ciudades de más de 50 mil habitantes. En el caso de los adolescentes la cifra aumenta a 53,3% y así crece también la angustia ante el futuro de una sociedad que será dirigida mañana por los desnutridos intelectuales de hoy (ni hablemos de los chicos que son desnutridos alimentarios, cifra que llega al 40% solo en la provincia de Buenos Aires).

Semejante cifra no sólo hecha sombras sobre el futuro. Habla del presente. Cuenta entre qué tipo de adultos están creciendo esos chicos. Las más directas y estimulantes vías para inducir a la lectura dependen de los adultos. Adultos que leen y disfrutan incitan a la imitación (también imitando a los adultos se aprende a hablar mal, a pensar peor, a maltratar, a manipular, a trampear). E igualmente los adultos estimulan el hábito del pequeño lector cuando le leen, cuando comparten textos e voz alta, cuando los comentan. Es decir, cuando a través de lo impreso están presentes en la vida de los chicos. Basta con escuchar cómo hablan y piensan los dirigentes y figuras públicas de todos los campos (desde la política al deporte, desde los negocios al espectáculo) para ratificar algo que cualquier mirada atenta percibe pronto en cualquier escena cotidiana: la lectura agoniza hoy aquí, y con ella todo eso que su práctica siembra y permite cosechar.
Para colmo de males, el incalificable ministro de Educación argentino, Alberto Sileoni (de veras no encuentro un calificativo para alguien tan extraño, ajeno y opuesto a lo que es su cargo), pretende hacernos creer que “el 90% de los argentinos lee habitualmente” y que esto es gracias “al rol del Estado en el fomento de la lectura”. Lo dijo (sin ponerse colorado) el 24 de agosto, Día del Lector. Según él, el número de lectores creció un 4% en diez años. Sorprendente y sospechoso en un país donde el 50% de los alumnos no termina el secundario y en el que, según la prueba PISA (una muy importante evaluación educativa internacional), el 50% que sí egresa es incapaz de entender lo que lee.
La cifra que citó el ministro fue atribuida por él a una Encuesta Nacional de Hábitos de Lectura. Tan confiable, seguramente como las cifras del Indec, según las cuales en este país se come con seis pesos por día, y como las que salen de las mentes y labios de los funcionarios oficiales en todos los ámbitos. Una vez más el “relato” pretende remplazar a la realidad. El intento no cejará (todo lo contrario) hasta que la realidad, insobornable como es su costumbre, se desplome sobre las cabezas de quienes tanto la falsean. A propósito: otra característica de la realidad es que no tiene apuro. Pero jamás falta a su cita. Mientras tanto, en tiempos tan oscuros, leer (de verdad, no de mentira) es un acto de resistencia.

Sergio Sinay

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