Poemas, relatos y cuentos

Envidia. Un cuento de Rubem Alves

La envidia no mata,
sólo destruye la felicidad…

Examiné cuidadosamente las cuevas de mi memoria donde guardo mis recuerdos de infancia. No encontré ningún recuerdo infeliz. Encontré recuerdos de dolor, comenzando por el nombre de la ciudad donde nací, que en aquel tiempo se llamaba “Dolores de la Buena Esperanza”. Parece que los habitantes tenían vergüenza de que los llamaran “dolientes” y trataron de librarse del dolor, dejando sólo “buena esperanza”, olvidándose de que, a veces, la esperanza sólo se realiza a través del dolor, como es el caso del parto. Mi lista de dolores incluía dolores de dientes, dolor de quemaduras, dolor de caídas, de heridas, de barriga. Pero el dolor y la infelicidad son cosas diferentes. Hay dolores que son felices.

¿Las razones de mi felicidad? Parodiando a Drummond escribo: “Las Sin-Razones de la Felicidad”. Razones para ser feliz no tenía. Mi papá había perdido todo. Vivíamos en una vieja hacienda que un cuñado le prestó. No tenía luz eléctrica: de noche encendíamos las lamparitas de queroseno con su llama roja, su mecha negra, y su olor inconfundible. No había agua en la casa: mi madre iba a buscarla a la mina con un bote de aceite vacío. No había regadera: nos bañábamos con una cubeta de agua que calentábamos en un fogón de leña. El techo no tenía cielo: de noche veíamos a los ratones corriendo en los vacíos de las tejas. Tampoco teníamos baño: lo que había era la clásica “casita” afuera. Yo no tenía juguetes. No recuerdo ni siquiera uno. Y, a pesar de todo, no puede encontrar ningún recuerdo infeliz. Era un niño libre por los campos, en medio de las vacas, caballos, pájaros y arroyos.
Mejoramos de vida. Nos cambiamos de ciudad. La casa me pareció un palacio. Creo que alguien había arrojado un ladrillo dentro del excusado, y había dejado un enorme agujero en la losa. Hoy compraríamos luego otro nuevo. Para ese entonces mi papá no tenía dinero. Tuvo que buscar una solución inteligente compatible con la pobreza: coló una loza de cemento sobre el agujero. Por cinco años fue ese nuestro excusado, cuya tapa fue hecha de aglomerado de aserrín. Era, por tanto, cuadrada, en contraste con nuestra anatomía básica curva. La tapa de aglomerado dejaba siempre sus marcas en nuestro trasero. Cuando llovía era necesario usar todas las cazuelas, vasijas y jarras para atrapar el agua que caía por las goteras – tantas que no era posible controlar. El sótano era lleno de enormes y venenosos alacranes. A mi madre le picó uno de ellos. Cuando las hormigas se ponían a marchar los alacranes se ponían a correr, saliendo del sótano e invadían la casa. Hubo un día en que matamos once. Jamás escuché alguna queja de ninguno de nosotros. Aquella era nuestra casa. Muchas felicidades moraban dentro de ella. Ya podíamos darnos el lujo de una mesa de verdad, con cuatro pies sólidos. En la ciudad donde habíamos vivido antes la mesa era una puerta apoyada sobre un cajón: un sube-y-baja peligroso. Si alguien se apoyaba de un lado corría el riesgo de recibir una avalancha de frijoles en la cabeza. Aprendimos buenas maneras: ninguno apoyaba el codo sobre la mesa.
Yo no sabía que éramos pobres. En medio de aquella pobreza éramos ricos. Mi papá compró un automóvil, un Plymouth de manivela. Compró también un radio, motivo de orgullo y felicidad: podíamos oír novelas y música como en México a Pedro Infante, Javier Solís, Chucho el Roto, etc.
Juguetes que me compraron, creo que tuve cinco: una pelota, un camioncito de madera, un barquito de velas, un piano, una bolsa de canicas. Nosotros hacíamos los juguetes: papalotes, carritos, resorteras. Hacerlos era jugar. Yo continuaba siendo un niño libre y feliz.
Luego mi papá mejoró de vida nuevamente. Nos cambiamos a Río de Janeiro. Fue cuando conocí la infelicidad. Mi papá, con la mejor de las intenciones, me inscribió en el Colegio Andrews, donde estudiaban los hijos de los embajadores extranjeros, de los médicos más famosos, las niñas más bonitas y consentidas de la ciudad. Fue inevitable: me comparé con ellos. La comparación en sí es una operación lógica indolora: B es menor que A. Pero cuando la comparación se hace entre personas, la B, parte menor, que tanto puede ser María como Juan, siente un profundo dolor. Ese dolor tiene el nombre de envidia. Me comparé y me descubrí pobre. Nada me quitaron. Continué teniendo las cosas que me habían hecho feliz. Sólo que, después de la comparación, se volvieron feas, maltratadas, motivo de tristeza y vergüenza. La envidia siempre hace eso: destruye las cosas buenas que tenemos. Me sentí pobre, feo, ridículo, humillado. Jamás invité a venir a mi casa a ningún compañero. No quería que vieran mi pobreza. Alberto Camus relata una experiencia parecida. Dice que su infelicidad comenzó cuando entró a la Preparatoria. Fue cuando él se comparó a los demás.
Dicen que el pecado original fue el sexo. Yo digo que el pecado original fue la envidia. Ella fue la que hizo que Adán y Eva perdieran el Paraíso. Paraíso es lugar de delicias: ahí había todo para que cualquier ser humano fuera feliz. Ahí también estaba la serpiente, especialista en la envidia. Se rió de la felicidad de ellos. “- Ustedes piensan que son felices… Es que aún no han visto el mundo de los dioses, es mucho más bonito. ¿Lo quieren ver? Es fácil. Sólo coman este fruto mágico…” Y la malvada les dio a comer el fruto de la envidia. No les mintió. Ellos vieron realmente un mundo mucho más bonito – y en ese momento los frutos de los árboles del Paraíso se pudrieron, las hojas de los árboles cayeron, las plantas se marchitaron, las fuentes se secaron, y ellos se sentían feos: comenzaron a esconderse uno del otro.
Eso no ocurrió nunca. Eso sucede todos los días.
Mi casa es linda; yo la amo. Pero basta que yo visite a otra más rica, y la envidia aparece. Regreso y veo mi casa fea, pequeña, maltratada: ya no es posible amarla. Quiero otra. Eso está relatado en una antigua historia, “El pescador y su mujer” – cuya lectura aconsejo. La escuché una vez, y nunca se me olvidó.
Esto que es verdad para la casa, también es verdad para la esposa, el marido, el trabajo, los hijos: la envidia los mete en un proceso de descomposición. Ya no es posible amarlos como antes.
La envidia no mata, sólo destruye la felicidad. El envidioso es incapaz de ver con alegría las cosas buenas que posee. Sus ojos son malos. Basta que una cosa buena que se tiene, sea tocada por ellos, para que se pudra.
Para esa enfermedad sólo hay dos remedios: uno dulce y uno amargo.
El remedio dulce: usar el colirio de la gratitud para curar el mal de ojo. Ver las cosas buenas que se tienen y decir: “Qué bueno que están aquí. Estoy agradecido, agradecida a los dioses, porque ustedes me fueron dados.” Entonces la casa, el marido, la mujer, los hijos, y todo lo demás que se tiene, vuelven de nuevo a su vida y a su belleza.
Los que no hacen uso del remedio dulce, tarde o temprano se les aplicará el remedio amargo: cuando la desgracia toca a la puerta y se quiebra la taza de cristal, y se rompe el cuchillo de plata; lo que era recto queda torcido y lo que estaba vivo de repente muere. Cuando el dolor es mucho, las lágrimas no dejan que los ojos vean lo que tienen los demás. Y la envidia, de esta manera, muere. Pero entonces ya es demasiado tarde.

Rubem Alves
Traducción: Jesús Ramírez Funes

El resentimiento

Recuerdo una clase en que el profesor nos pidió de tarea que lleváramos papas crudas y una bolsa de plástico. Nos dijo que pusiéramos, en la bolsa, una papa por cada persona, a las cuales no queríamos, y también escribiéramos su nombre en la papa.
Además, nos pidió que, durante toda una semana, lleváramos a todos lados esa bolsa de papas en la mochila. ¡Algunas bolsas eran realmente pesadas!
Naturalmente, la condición de las papas se fue deteriorando con el tiempo, y algunas casi llegaron a descomponerse.
El fastidio de acarrear esa bolsa nos demostró claramente el peso que cargábamos a diario, en nuestro corazón, debido al resentimiento.
También aprendimos que, por poner atención en la bolsa, desatendíamos cosas que eran más importantes para cada uno.
Este ejercicio nos hizo pensar sobre el precio que pagábamos por no perdonar algo que ya había pasado y que, en realidad ahora, no podía cambiarse.
Muchas veces, creemos que el perdón es un regalo para el otro, sin llegar a darnos cuenta de que los más beneficiados somos nosotros mismos.
Hay que aprender que todos tenemos algunas papas pudriéndose en nuestra vida y en nuestra “mochila personal”.
La falta de perdón es como un veneno que tomamos a gotas diariamente, pero que finalmente nos termina envenenando.
Al primero que tenemos que perdonar es a nosotros mismos, por todas las cosas que no fueron, como hubiésemos querido que fuesen.
Hay que aprender que el perdón nos libera de ataduras que nos amargan el alma y enferman el cuerpo.

No significa que estemos de acuerdo con lo que pasó, ni mucho menos que lo aprobemos.
Perdonar no es no dar importancia a lo que sucedió ni darle la razón a alguien que nos lastimó.
Simplemente significa dejar de lado todo aquello negativo que nos causó tanto dolor o disgusto.
El perdón se basa en la aceptación de lo que pasó, pues sólo así se rompen las cadenas y nos hace plenamente libres.
No olvidemos que, para perdonar, hay que ser valientes, pues aquel que tiene valor es capaz de perdonar una ofensa y amar.

Cristian Urzúa Pérez
Del libro: Historias para crecer en comunidad

La rosa y el sapo

Había una vez una rosa roja muy bella, se sentía de maravilla al saber que era la rosa mas bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos. Se dio cuenta de que al lado de ella siempre había un sapo grande y oscuro, y que era por eso que nadie se acercaba a verla de cerca.

Indignada ante lo descubierto le ordena al sapo que se fuera de inmediato; el sapo muy obediente dijo: Esta bien, si así lo quieres.

Poco tiempo después el sapo pasa por donde estaba la rosa y se sorprendió al ver la rosa totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos.

Le dijo entonces: Vaya que te ves mal. ¿Qué te pasa? La rosa contesta: Es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día a día, y nunca pude volver a ser igual.

El sapo solo contesta. Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín.

Moraleja:

Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más que ellos, más bellos o simplemente que no nos “sirven” para nada. Dios no hace a nadie para que sobre en este mundo, todos tenemos algo que aprender de los demás o algo que enseñar, y nadie debe despreciar a nadie. No vaya a ser que esa persona nos haga un bien del cual ni siquiera estemos conscientes.

Cómo llega la sabiduría…

Había una vez un hombre, que era el cartero de la reserva, que oyó a algunos de los Mayores hablar sobre objetos recibidos que otorgaban un gran poder. Él no sabía mucho acerca de esas cosas, pero pensó que sería maravilloso recibir un objeto que solo podía ser concedido por el Creador. En particular, escuchó de los Mayores que el objeto más excelso que una persona podía recibir era una pluma de águila. Decidió que debía tener una. Si podía recibir una pluma de águila, poseería todo el poder, la sabiduría y el prestigio que deseaba. Pero también supo que no podía comprarla. Tenía que llegarle por la voluntad del Creador.
Día tras día, salía a buscar una pluma de águila. Creía que para encontrarla sólo debía mantener los ojos abiertos. Llegó un momento en que no pensaba en otra cosa. La pluma de águila ocupaba sus pensamientos desde el amanecer hasta el ocaso. Pasaron semanas, meses, años. Todos los días el cartero hacía sus rondas, buscando afanosamente la pluma de águila. No prestaba atención ni a su familia ni a sus amigos. Mantenía la mente fija en la pluma de águila. Pero nunca la encontraba. Comenzó a envejecer, y la pluma no aparecía. Finalmente, se dio cuenta de que por mucho que buscara, no estaba más cerca de hallar la pluma de lo que había estado el día que inició la búsqueda.

Un día decidió tomar un descanso al costado del camino. Salió de su pequeño jeep y tuvo una charla con el Creador. Dijo: “Estoy ya cansado de buscar la pluma de águila. Pasé toda mi vida pensando en ella. Apenas me ocupé de mi familia y de mis amigos. Lo único que me preocupó fue la pluma, y ahora la vida me ha pasado de largo. Me perdí muchas cosas buenas. Bien, abandono la lucha. Dejaré de buscar la pluma y comenzaré a vivir. Quizá todavía tenga tiempo para recuperar a mi familia y a mis amigos. Perdóname por el modo como conduje mi vida.”
Entonces y solo entonces, lo inundó una gran paz. De repente, se sintió mejor interiormente de lo que se había sentido en todos esos años. Tan pronto como terminó de hablar con el Creador y comenzó a caminar en dirección al jeep, lo sorprendió una sombra que pasó por encima de él. Miró al cielo y vio, en lo alto, un gran pájaro volando. Al instante, desapareció. Luego vio algo que descendía flotando suavemente en la brisa: una hermosa pluma ¡Era su pluma de águila! Se dio cuenta de que la pluma había aparecido inmediatamente después de que abandonara la búsqueda e hiciera las paces con el Creador.
Ahora el cartero es una persona distinta. La gente acude a él en busca de sabiduría y él comparte con ellos todo lo que sabe. Si bien ahora posee el poder y el prestigio que tanto anhelaba, ya no le interesan esas cosas. Se preocupa por los demás y no solo por sí mismo.
Ahora sabes cómo llega la sabiduría.

Leila Fisher

El puente

Los puentes ayudan a sortear obstáculos y unir ilusiones.

Esta es la historia de un par de hermanos que vivieron juntos y en armonia por muchos años.
Ellos vivian en granjas separadas pero un dia cayeron en conflicto, este era el primer problema serio que tenian en 40 años de cultivar juntos de hombro a hombro compartiendo muchas cosas e intercambiando cosechas y bienes en forma continua.
comenzó con un mal entendido y fue creciendo hasta que explotó en un intercambio de palabras amargas, seguido de semanas de silencio.
Una mañana alguien llamó a la puerta de Luis. Al abrir la puerta encontro a un hombre con herramientas de carpintero “estoy buscando trabajo por unos días” dijo el extraño, “quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones aquí en su granja y yo pueda ser de ayuda en eso”.
Si, dijo, tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo en aquella granja vive mi vecino, bueno, de hecho es mi hermano menor.
La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros pero él desvió el cauce del arroyo para que quedara entre nosotros. Pudo haber hecho esto para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. Ve aquella pila de desechos de madera junto al granero? quiero que construya una cerca de dos metros de alto. “No quiero verlo nunca más” el carpintero le dijo: “creo que comprendo la situación”.
El hermano mayor le ayudó al carpintero a reunir todos los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir por provisiones al pueblo, cerca del ocaso cuando el granjero regreso el carpintero justo había terminado su trabajo.
El granjero quedo completamente sorprendido ya que no había ninguna cerca de dos metros. En su lugar habia un puente que unía las dos granjas atravez del arroyo. Era una fina pieza de arte, con todo y pasamanos.

En ese momento, su vecino, su hermano menor vino desde su granja y abrazando a su hermano mayor le dijo: Eres un gran tipo, mira que construiste este hermoso puente después de lo que he hecho y dicho. Estaban en su reconciliación los dos hermanos cuando vieron que el carpintero tomaba sus herramientas “No espera” quedate unos cuantos días tengo muchos proyectos para ti le dijo el hermano mayor al carpintero. “Me gustaría quedarme dijo el carpintero, pero tengo muchos puentes que construir”.
A veces dejamos que los enojos y los malentendidos nos alejen de las personas que queremos, muchas veces dejamos que el orgullo se anteponga a los sentimientos.

No permitas que esto pase en tu vida.
Aprende a perdonar y valorar lo que tienes, recuerda que el perdonar no cambia el pasado pero Si el futuro. No guardes rencores ni sentimientos de amargura que solo te lastiman, te alejan de Dios y de las personas que te quieren.
Aprende a ser feliz y a disfrutar de las maravillas que Dios ha creado.
Él te ama y desea que tengas una vida dichosa llena de amor y armonía.

Inclínate para poder refrescarte

Cuentan que un hombre muy rico y orgulloso quería saber que debía hacer
para poder encontrar a Dios. Preguntó a un hombre muy sabio que vivía
en las afueras del pueblo y éste le llevó a la montaña, y no le dejó
beber agua en dos días.
Luego le llevó a una naciente en el suelo donde nacía el río que abastecía
a todo el pueblo.

El sabio le dijo:

- Sabes que debes beber agua para sobrevivir ¿Cómo tomarías de esta agua en este momento?

El hombre se arrodilló y bajando su cabeza bebió del agua que brotaba del suelo.
El hombre sabio le dijo:

- Es exactamente lo que debes hacer para encontrar a Dios. Dejar de la lado tu orgullo,
reconocer tu necesidad de agua, o sea Dios, arrodillarte e incluso humillarte
hasta llegar al suelo. Era la única forma de beber el agua que te salvaría,
así mismo para salvar tu alma debes humillarte, reconocer que sin Dios
no tienes salvación y humillarte… tu recompensa… será poder beber del agua
que salvará tu vida.

“…Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí,
de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:37)