Poema para el Día de la madre
A mi madre
Decir madre es decir amor y vida,
abrir al horizonte la mirada,
sentir que en el silencio y en la nada
su mano va cubriendo nuestra huída.
Es volver a la infancia alborozada,
es tornar brevemente a la cordura,
admirar en un soplo la figura
que desprende su imagen sosegada.

Decir madre es privarse de amargura,
apartar de la mente la agonía
y guardar en el seno la valía
de sentir cada instante su bravura.
Yo que afirmo en el alma la ternura
que brota de su blanco pensamiento,
en la dicha proclamo con el viento
ese gozo que ensalza su armonía
y el orgullo que inflama mi alegría
al decirle a mi madre lo que siento.
José Luis Muñoz
Frases de hogar – Matrimonio
Un matrimonio feliz es una larga conversación
que siempre parece demasiado corta.
André Maurois
Un hombre y una mujer son hasta tal punto la misma cosa
que casi no se entiende la cantidad de distinciones
y de razonamientos sutiles de los cuales se nutre la sociedad
sobre este argumento.
George Sand
La máxima felicidad del matrimonio,
cosa que los jóvenes ignoraran siempre,
es la de envejecer juntos.
Herman Keyserling
Frases de hogar: matrimonio
Cuando un hombre se casa por segunda vez,
es porque adoraba a su primera mujer.
Oscar Wilde
Lo más grande que un hombre puede hacer por sus hijos
es amar a la madre de sus hijos.
Theodore Hesburgh
El matrimonio es un sentimiento muy complejo:
de esposos, de enamorados, de confidentes,
de compañeros y de amigos.
Zenaida Bacardí de Argamasilla
Poema sobre el hogar: Alta costura
Alta costura
En la tela de la historia familiar,
las manos de mi madre reforzaron costuras
para que nos sostuvieran ante cualquier tirón de la vida…

La Costurera – 1859
Jean-Francois Millet
Las manos de mi madre enhebraron el hilo
que une las partes del molde sin olvidar
que cada una es distinta a la otra…
y juntas hacen el todo… como la familia …
La manos de mi madre estiraron dobladillos
para que pudiéramos crecer,
para que no nos quedaran cortos los ideales …
Las manos de mi madre zurcieron desgarros
para que volviéramos a usar el corazón…
sin hilachas de resentimientos…
Las manos de mi madre unieron retazos
para que tuviéramos una manta de origen
que nos cubriera …
Las manos de mi madre aseguraron presillas y botones
para que estuviéramos unidos,
para que no perdiéramos la esperanza…
Las manos de mi madre aplicaron elásticos
para que asumiéramos con amplitud
los cambios que nos piden los años…
Las manos de mi madre bordaron maravillas
para que la vida nos sorprendiera
con sus continuas entregas de belleza…
Las manos de mi madre cosieron bolsillos
para guardar, en ellos, las monedas valiosas
de los mejores recuerdos
Y mi identidad…
Las manos de mi madre, cuando estaban quietas…
cuidaban mis sueños,
para que dieran a mi diseño su polvo de estrellas…
Las manos de mi madre me sostuvieron,
con sus hilos de maga, cuando me asomaba a la vida …
¡Para empezar a vestirla!
Las manos de mi madre nunca abandonaron su trabajo…
Y sé muy bien que hoy, donde estén,
enhebran oraciones para mi …
Y yo…
¡Yo las beso como si estrenara bendiciones!
Rosita Pedrazzini
Reflexión sobre hijos – Ser hombre
Hoy 19 de noviembre, les dejo una preciosa reflexión,
de cómo un padre recto aconseja a su hijo, preparándolo para la vida.

Ser Hombre
(a mi hijo Michel, al cumplir sus quince años)
Ser hombre, hijo mío,
es pisar en las brazas del miedo
y seguir caminando.
Soportar el dolor de la carne en silencio
y aridez en los ojos,
mas dejar que las lágrimas fluyan
si el quebranto es del alma.
Es cercar el valor de prudencia
y el ardor de cautela,
sin torcer el propósito,
sin mellar al decisión forjada en el tesón,
la paciencia, la razón, la experiencia
y la meditación.
Es pasar,
-con los brazos ceñidos al cuerpo,
los labios inmóviles,
conteniendo el aliento-
junto al castillo de arena
(que es la felicidad que construyó otro hombre)
si con tu palabra,
o al extender tu brazo
pudieras derribarle.
¡Porque arruinar la dicha de tu prójimo
es más grave, peor, que introducir tu mano
en el bolsillo para robarle!
Hijo mío,
no desdeñes el oro
mas no dejes que el oro señoreé tu vida.
Acumula bastante
para no tener nunca
que extender tu mano a la piedad de otro,
y sí poder en cambio,
poner algo en la mano que hacia tí se extiende.
Y al que te pide un pan no les des un consejo.
No te juzgues más sabio que aquél que busca ayuda.
Dale apoyo y aliento y comparte su carga.
Dale tu oro y tu esfuerzo,
y después da el consejo.
Al temor no le pongas el disfraz del perdón;
el valor, hijo mío, es la virtud más alta
y confesar la culpa el supremo valor.
No eches pues en los hombros de tu hermano la carga,
ni vistas a los otros las ropas de tu error.
Es tu deber, si caes, no obstante la caída,
tu ideal y tu anhelo mantener siempre enhiestos;
y no buscar la excusa, ni encontrar la disculpa.
Los héroes, hijo mío, nunca esgrimen pretextos.
La mentira es hollín, no te manches los labios.
Y no ostentes ser rico, ser feliz o ser sabio
delante del que exhibe la llaga del fracaso.
No subleves la envidia, la admiración, los celos;
y busca la sonrisa, no busques el aplauso.
Y perdónale al mundo su error, si no valora
tus merecimentos en lo que crees que valen;
(es probable hijo mío, que el más justo evalúo
es el que el mundo hace).
Y por fin, hijo mío:
que no turbe tu sueño la conciencia intranquila;
que no mengüe tu dicha el despecho abrasivo,
ni tu audacia flaquee ante la adversidad.
No deforme tu rostro jamás la hipocresía
y no toque tu mano, tración o deslealtad.
Y aún hay más, hijo mío:
que al volver tu mirada
sobre el camino andado
no haya lodo en tus pies,
ni se encuentre en tu huella
una espiga,
una mies,
o una flor
pisoteada.
Hijo mío, es esto
lo que esa breve frase “Ser hombre”
significa.
Elías M. Zacarías
Bendición del Hogar
Dios mío!, bendice mi casa, para que sea el hogar del amor y la paz.
Bendice, las ventanas que dejan entrar el sol a raudales cada mañana,
y por donde se asoman las estrellas del firmamento,
que son luces de esperanza para la humanidad.
Bendice, los muros que nos defienden del viento, del frío, del calor,
y que son nuestros amigos en las horas que pasamos en la casa.
Bendice, nuestra mesa, y los sitios de trabajo diario para que nos ayudes,
y el lugar de reposo para que nos guardes del peligro.
Bendice, el techo que cobija los afanes de hoy,
y los sueños de mañana, y que guarda para siempre entre los vivos,
la memoria sagrada de los que se han ido al cielo.
Bendice, los sentimientos, las ternuras, el amor,
los anhelos que florecerán en nuestras vidas cotidianas.
Bendice nuestras horas de paz y de silencio,
para que fortalezcamos juntos nuestro espíritu.
Bendice, nuestros dolores más profundos,
y nuestras alegrías porque son el corazón de la familia.
QUÉDATE SIEMPRE CON NOSOTROS…
EN TU MORADA…
EN NUESTRA CASA…



