Reflexión de amor – Compasión
Compasión
Buda definió la compasión como “amor más meditación”.
Cuando el amor no es sólo un deseo del otro,
cuando el amor no es sólo una necesidad,
cuando el amor es un compartir,
cuando el amor no es el de un mendigo sino el de un emperador,
cuando el amor no pide algo a cambio sino que da por el placer de dar.
Si al amor le añades la meditación,
su fragancia se libera en toda su pureza,
el esplendor aprisionado se libera; eso es compasión.
Compasión es el fenómeno más elevado.
El sexo es animal, el amor es humano y la compasión es divina.
Osho
No importa lo que dure

No importa lo que dure.
Creeme que no importa.
Un minuto, un año un siglo.
Pero mientras dure decime que es para siempre,
que vamos a alcanzar la eternidad
con las raíces de este amor
que crece para adentro
y desde adentro nos empuja al cristal de la risa,
al silencio que late con corazón de pájaro,
al chocar de planetas
que es nuestros cuerpos juntos
recreando el temblor,
el universo, el canto.
Yo quiero conocer al chico que vende flores
por Corrientes y te cuenta cosas.
Quiero conocer a tu amigo poeta
que ama el mar como yo.
Y hojear tus libros,
y repisar tus pasos en las calles que anduviste
y apretarte la mano en el cine,
los dos enloquecidos por Fellini…,
y decirte de repente lo mismo
que me estabas por decir…,
y a veces llorar juntos porque Vietnam y Biafra
y aqui nomás hay niños
que no tienen la culpa de nada
y sin embargo mueren…
No importa lo que dure.
Vamos a hacer volar a todas las palomas,
vamos a hacer repicar las campanas
de todos los campanarios,
vamos a bebernos el viento del verano
en las copas de las casuarinas,
en la paz del crepúsculo,
cuando la luna es apenas una hostia sin comulgar
en el cáliz azul de la tarde.
No importa lo que dure.
Mirá, la piel que vos tocaste,
la caricia quemando aún mi cintura ha florecido…
Soy una primavera.
Vos lo hiciste.
Me tomaste la cara entre las manos
y tu ternura fue como un viento tibio
que barrió todas las hojas secas
que poblaban mi otoño.
Allí donde las piedras le cerraban
la salida a mi soledad,
vos hiciste una puerta
y por la puerta se metió el sol
y de mí nacen ahora las estrellas.
Mi cuerpo es una costa
donde tu barco se hunde,
donde tu barco muerde la arena,
como un pez.
Mar cabrilleando orillas.
Mar galopando dentro.
Furor de hoguera roja quemando el jazminero.
Entonces se desdobla la latitud del alma
y se quiebra una fuerza en la fuerza del cuerpo.
No importa lo que dure.
De veras, no me importa.
Esto es tanto, tan mío, es tan nuestro,
es tan herida y risa y cielo al mismo tiempo,
que aunque un día te vayas,
aunque un día me dejes,
aunque lo tuyo se haga astillas de viento,
en mi quedará el huerto…,
el huerto…,
las raíces de lo que en él sembraste…,
el huerto empecinado
en seguir floreciéndole a tu ausencia,
a tu olvido, a tu adiós.
Y nunca estaré sola, aunque me dejes sola,
porque en mi vida recibí tan poco
(y lo poco tan triste),
que la dicha que vos me das ahora
me alcanzará para seguir usándola
hasta que de mí no quede nada.
No importa lo que dure.
Pero decime que es para siempre.
Mientras dure decime
que vamos a alcanzar la eternidad
con este amor…
y yo me sentiré pequeña,
mientras tiembla mi carne
con leves aleteos de mariposas nuevas…
POLDY BIRD
Estados de ánimo…
A veces me siento
como un águila en el aire. Pablo Milanés
Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas.
Unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano.
A veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas.
Pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde
te acerques y te mires,
te mires al mirarme.
Mario Benedetti
La Maestra y el Abecedario
Cuando me enseñaron el abecedario,
la maestra nos hacía relacionar el sonido de cada vocal o consonante
con el dibujo de un objeto,
cuyo nombre iniciaba con el sonido de la letra que estábamos estudiando.
Recordando esto, pienso que podríamos profundizar
en lo qué es el amor si a cada vocal o consonante
le pusiéramos las características de lo que es y debiera ser el amor porque él,
en sí mismo encierra su propio abecedario.
A, de aprecio.
Apreciar al ser que se ama es darle su valor, es considerarlo digno de
afecto y de reconocimiento.
B, de búsqueda.
El amor es una continua búsqueda del bien para el ser amado. Para ello es
preciso conocerlo, descubrir su riqueza interior, encontrar los medios para
su crecimiento y desarrollo hacia la plenitud de su ser.
C, de coherencia.
Decir lo que se piensa y vivir lo que se dice, eso es la coherencia.
Vivir y tratar de vivir siempre lo que se promete, es ser coherente.
D, de diálogo.
El amor es comunicación. Es el encuentro íntimo de dos personas, el diálogo
constante de dos mentes, dos voluntades, dos corazones… dos cuerpos.
E, de esperanza y entrega.
Así como el amor produce esperanza, confianza en el otro y en el futuro de
los dos, la falta de éste causa apatía, desinterés, desconfianza y
desaliento. El amor es entrega porque es ponerse en manos del otro,
regalándose y dedicándose a él.
F, de fiel y fecundo.
Ser fiel es ser leal con el otro. Además el amor es fecundo porque produce y
se reproduce, mientras que el egoísmo destruye y acaba con la dignidad del
otro.
G, de generoso.
La generosidad implica nobleza y sinceridad, implica darse sin medida, sin
conveniencias.
H, de humilde y honesto.
El amor no es egoísta ni soberbio, sino humilde servicio a la persona amada,
reconociendo en ella un don digno de ser cuidado con lo mejor de uno mismo.
I, de invitación.
El amor es una invitación a crecer en todos los aspectos, es invitar al otro
a ser mejor, es ofrecer un camino de realización personal.
J, de joven.
No consiste tanto en la edad corporal, cuanto en un estado de vitalidad y
renovación interior, aunque esta palabra se use más por determinar una época
de la vida que para otra cosa. Por eso el amor es joven por ser y tener que
ser siempre nuevo.
L, de luz.
Luz en el amor significa saber iluminar y guiar la vida de la persona amada.
Ll, de llamado.
En el amor existe un llamado constante a la persona amada para que sea luz,
y a la vez es una llamada personal a ser luz para nuestra pareja.
M, de movimiento y meta.
El amor es dinámico, es actividad continua en bien del otro, es esfuerzo
efectivo para edificar su personalidad, implica variedad en sus
manifestaciones y evita la rutina en el transcurso del tiempo. Meta, además,
porque el amor en sí es un gran objetivo por alcanzar.
N, de núcleo.
El amor es el núcleo de la vida misma. Hay un dicho que dice así: “El que no
ama, no vive”, porque el ser humano está llamado a amar y amando es como
construye la vida, crece en su personalidad y a la vez ayuda a crecer al
otro.
O, de optimista.
El amor no puede dejar de ser optimista, aunque no deje de ser realista. El
optimismo implica la esperanza y la ilusión de un futuro mejor para sí y
para la persona amada.
P, de perseverancia.
Es tener firmeza y constancia en mantener lo prometido. De nada sirve
emprender un camino si no se llega al término del mismo.
Q, de Querer.
Amar es querer con la fuerza de voluntad más que con los sentimientos. Es la
expresión más auténtica de la decisión libre y personal de buscar el bien
del otro.
S, de sacrificio y de silencio.
El amor exige el sacrificio entendido como ofrenda, como don, y esto implica
callar el propio egoísmo, sin dejar de exigir lo que en justicia
corresponde.
T, de trabajo.
El amor no puede dejar de ser trabajo, acción continua, esfuerzo constante
por lograr su culminación en cada instante, no sólo al final de la vida.
U, de único y universal.
El amor es único porque no es repetible, y al mismo tiempo es universal
porque es común a todos y dirigido hacia todos.
V, de valiente.
Para amar se necesita mucho valor, se necesita “garra” y valentía frente a
una mentalidad adversa que ha desvirtuado el sentido del amor y lo ha
convertido en una expresión más del egoísmo.
Z, de zumo.
El amor es el jugo de la vida, es lo que da sabor a la lucha y al esfuerzo
diario, es el alimento de la propia historia.
¿Vale la pena vivir?
¡Sí!, porque podemos amar.
Abre tus brazos
Debemos entregar y sentir amor,
pero también gozar del cariño de los demás;
por lo tanto,
no te alejes de las personas que te quieren ni levantes un
muro entre ti y el mundo,
deja que te expresen su afecto y te sentirás
arropado por los lazos del amor.
Aprende a dejarte querer.
A menudo pensamos que nadie nos quiere,
pero a veces no dejamos que nos lo manifiesten.
Un buen ejercicio
para aprender a recibir las muestras de cariño consiste en
situarte frente al espejo
y repetir en voz alta cuanto te quieres.
Solicita ayuda.
Todos precisamos ayuda
en algunos momentos de nuestra vida,
pero que la recibamos depende sólo de nosotros,
pues en nuestra mano está pedirla.
No te avergüences por necesitar ayuda,
y mucho menos por reclamarla,
porque dando este paso demuestras
que sabes cuáles son tus problemas
y cómo puedes solucionarlos.
No es indispensable hablar,
ni hacer algo especial.
Lo importante es comunicar al otro
que uno está unido con la alegría,
o la tristeza;
que está viviendo el ser querido.
Lo que vale es respetar siempre el pedido,
verbal o silencioso,
latente o manifiesto de compañía o de soledad.
Acompañar es intuir la carencia del otro:
es cuidar, proteger, sin molestar o dañar.
Es tarea de amigos, de amantes,
de seres que se sostienen en la hermandad de los afectos.
Es un servicio de lealtad
Es un punto de contacto,
más cerca de los sentimientos invisibles
que de la mera proximidad física, ostensible.
Se puede estar “cerca” de alguien.
También es posible estar unidos por la distancia,
pero próximos en el corazón.
A veces los sentimientos se filtran
por las fronteras inventadas
por los mismos protagonistas.
Acompañar no es pared sino puente,
unión de almas.
Existen paredes de vidrio,
no visibles,
que impiden la unidad de los sentimientos,
que asfixian el surgimiento generoso
y espontáneo de la compasión.
Hay proximidades que agobian
y aíslan mucho más que la soledad misma.
“Y qué le digo”?, preguntó alguien,
temeroso de sus propias emociones
ante el dolor de un conocido…
“No digas nada, absolutamente nada”,
respondió la sensibilidad.
Lo que importa es estar ahí en el momento justo.
Tal vez no exista nada mejor
que la elocuencia del silencio.
En determinadas circunstancias,
las palabras sólo consiguen incomunicar.
Como se recuerda el sabor del vino
aún después que su olor se haya desvanecido,
y que su copa haya desaparecido.
“Cállate por favor… quiero estar contigo”,
suplicó el poeta necesitado de compañía.





