Poemas, relatos y cuentos

Reflexión de fortaleza – Ojalá…

Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza.
Ojalá podamos tener el coraje de estar solos
y la valentía de arriesgarnos a estar juntos,
porque de nada sirve un diente fuera de la boca,
ni un dedo fuera de la mano.

Ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que
recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia
o violan nuestro sentido común.

Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo,
contra toda evidencia, que la condición humana
vale la pena, porque hemos sido mal hechos,
pero no estamos terminados.

Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando
los caminos del viento, a pesar de las caídas
y las traiciones y las derrotas, porque la historia
continúa, más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós,
está diciendo: hasta luego.

Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible
ser compatriota y contemporáneo de todo aquel que viva
animado por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza,
nazca donde nazca y viva cuando viva,
porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo.

Eduardo Galeano

El jardinero

Hamilton Naki

A fines de 1967, en un hospital de África del Sur, Christian Barnard
trasplantó por primera vez un corazón humano y se convirtió
en el médico más famoso del mundo.

En una de las fotos, apareció un negro entre sus ayudantes.
El director del hospital aclaró que se había colado.

Por entonces, Hamilton Naki vivía en una barraca sin luz eléctrica
ni agua corriente. No tenía diploma, ni siquiera había terminado
la escuela primaria, pero era el brazo derecho del doctor Barnard.
En secreto trabajaba a su lado. La ley o la costumbre prohibían
que un negro tocara carne o sangre de blancos.

Poco antes de morir, Barnard reconoció:

—Quizás él era técnicamente mejor que yo.

Al fin y al cabo, su hazaña no hubiera sido posible sin este hombre
de dedos mágicos, que había ensayado el trasplante de corazón,
varias veces, en cerdos y perros.
En las planillas del hospital, Hamilton Naki figuraba como jardinero.

De jardinero se jubiló.

del libro Espejos, Una historia casi universal de Eduardo Galeano

En diciembre de 1967, el doctor Christian Barnard anunció al mundo una asombrosa noticia: el primer trasplante de corazón entre humanos se habia realizado con éxito en el hospital Groote Schuur, de Ciudad del Cabo en Sudáfrica durante el régimen del Apartheid.
Todo empezó un 2 de diciembre de 1967 como un día cualquiera en el Hospital Groote Schuur, hasta que Denise Darvaald, una joven blanca que fue atropellada al cruzar una calle, fue trasladada con urgencia al Hospital, donde se le diagnosticó muerte cerebral, aunque su corazón seguía latiendo.
En esos instantes en otra cama del mismo hospital, Louis Washkansky, un tendero de 52 años que padecia una severa afección cardíaca, veía agotadas sus últimas esperanzas de vivir.
En esta situación fue que el Dr. Christhian Barnard decidió intentar la proeza que marcaría un hito muy importante en la historia de la medicina: realizar el primer transplante de corazón.
La noche del 3 de diciembre en una épica intervención que duró cerca de 48 horas, dos equipos de hábiles cirujanos lograron extraer el corazón de la joven e implantarlo en el cuerpo de Washkansky. La extracción del órgano representaba una de las tareas más complicadas del transplante; esta tarea le fue asignada al segundo hombre más importante del equipo, un hombre que por su habilidad, delicadeza y destreza podría realizar con éxito tan delicada intervención. Esta tarea le fue asignada a Hamilton Naki, un hombre negro, que oficialmente tenía el cargo de jardinero y asistente en el Hospital. Por este trascendental hecho Barnard se convirtió en una figura célebre en el mundo de la cirugía, Mientrás que el nombre de Hamilton Naki se sumio en el anonimato durante 40 años. De haberse revelado esta historia; Naki hubiera sido condenado y enviado a prisión de inmediato. La historia de su vida es un verdadero ejemplo de superación, humildad y dignidad: Hamilton Naki abandono los estudios a los 14 años y se convirtio luego en jardinero de la universidad, donde además limpiaba las jaulas de los animales con los que los médicos realizaban cursos de cirugía experimental. Naki aprendió a realizar complicadas intervenciones y trasplantes de órganos con solo observar los procedimientos y extraoficialmente era instructor de jóvenes cirujanos. La desteza quirúrgica de este hombre fue reconocida por Barnard casi una decada después del fin del apartheid; “tenía mayor pericia técnica de la que yo tuve nunca”; diria Barnard el 2001.
Naki se retiro de la docencia universitaria en 1991 y tuvo que conformarse con una modesta pensión como jardinero que era, por no haberse reconocido su trayectoria como cirujano, falleció el 29 de mayo del 2005, hasta el final de sus días nunca reclamo por las injusticias que sufrió en vida.

Reflexión de vida de Eduardo Galeano

Me caí del mundo y no sé por donde se entra

Para mayores de 40 años, aunque deberían leerlo todos los que sepan leer…

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente
sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco..
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

galeano

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡ Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan .
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De “por ahí” vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo”, pasarse al ‘ “compre y bote que ya se viene el modelo nuevo”. Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!
¡¡¡Pero por Dios.!!!

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornilla desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: “Cómase el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo, pegatina en el cabello y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la “bruja” como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.
Ayudenme, me cai del mundo y no se por donde se entra…

Eduardo Galeano

Cuento – La dignidad del arte

La dignidad del arte

Yo escribo para quienes no pueden leerme.
Los de abajo, los que esperan desde hace siglos
en la cola de la historia, no saben leer
o no tienen con qué.
Cuando me viene el desánimo, me hace bien
recordar una lección de dignidad del arte
que recibí hace años, en un teatro de Asís, en Italia.

teatro

Habíamos ido con Helena a ver
un espectáculo de pantomima, y no había nadie.
Ella y yo éramos los únicos espectadores.
Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el
acomodador y la boletera.
Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público,
trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo
la gloria de un estreno a sala repleta.
Hicieron su tarea entregándose enteros,
con todo, con alma y vida;
y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala.
Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.

Eduardo Galeano

Pensamientos de vida de Eduardo Galeano

Miedo global

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo
de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre,
tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar
y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar
y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares,
los militares tienen miedo a la falta de armas.
Las armas tienen miedo a la falta de guerras.

miedo

Es el tiempo del miedo.

Miedo de la mujer a la violencia del hombre
y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía,
miedo a las puertas sin cerraduras,
al tiempo sin relojes, al niño sin televisión.
Miedo a la noche sin pastillas para dormir
y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad.
Miedo a lo que fue y a lo que puede ser.

Miedo a morir, miedo a vivir…

Eduardo Galeano

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