Poemas, relatos y cuentos

Frase del día – 15 de diciembre

La capacidad de percibir y pensar de manera diferente es más importante que el conocimiento adquirido. David Bohm

Reflexión de vida – La guerra del aprender

A veces pienso que la relación entre un estudiante y su maestro
se parece mucho a un hermoso paisaje. Lo digo porque cuando hay belleza,
alguna fuerza extraordinaria nos regala algo de felicidad.
Entonces la razón nos devuelve a nuestra soledad originaria
y nos sentimos exactamente como cuando la oscuridad que llevamos dentro
es repentinamente visitada por una luz violenta.

De eso concluyo que la felicidad y la belleza se parecen infinitamente
al aprender. Sabemos de la felicidad, porque es inevitable tener experiencias
que nos ofrecen gratitud; sabemos de la belleza porque la visión
de la que casi todos somos capaces deja comparecer también la fealdad
de nuestro mundo; y sabemos del aprender, porque es inevitable pensar
y estar solos como no es posible que se sienta un poste telegráfico
en medio del desierto. Es cuando la razón nos posee y nos lleva a contemplar
nuestro interior o todo lo que nos rodea. Y nace en nosotros la actitud
de decir algo: preguntar o responder. Como el preguntar es un acto de piedad,
entonces no cabe duda de que nadie aprende más que quién está acostumbrado
a preguntar, dudar, sospechar y criticar lo establecido o lo dicho por “otros”
que no dan más que simples respuestas. Simples, porque nunca las pedimos
y nos dan precisamente lo que nos aleja del preguntar, es decir,
de la actitud primigenia del aprender.
Y ello nos sume en un atardecer involuntario.

¿Para qué tener ojos si no podemos ver?
¿Por qué tener oídos si nos prohíben escuchar?
¿A dónde marcharnos, si el lenguaje que siempre ha sido nuestra casa
ya no existe más que para anidar certezas, o sea, respuestas que tienen
el deber de hacernos olvidar la práctica de diferir?
Es también cierto que cuando la costumbre del no aprender,
no pensar o no preguntar, nos termina de cautivar, es el mismo discípulo
quien brega por no tener maestros del preguntar.
El maestro aparecerá sólo cuando el “alumno” esté preparado,
y esta sentencia supone que nos preexiste una sorda guerra entre preguntar
(aprender) y el responder (no aprender).
Es algo parecido a cuando se desata una batalla entre el cielo y la tierra.
Es la pregunta contra la respuesta y la respuesta contra la pregunta.
Es la soledad de la contemplación contra el bullicio de la indiferencia.
Mientras unos luchan por la felicidad y están dispuestos a todo por ella
-incluso a matar-, hay quienes atienden a su presente.
Pensar en el futuro nos libra del aprender que es cosecha del preguntar;
pensar en el presente nos libra de responder que es la consecuencia
de la ignorancia de muchos. Responder nos hace infinitamente libres,
porque la libertad la dan los hombres y no podemos ir contra ella,
pues estamos obligados a ser libres. Preguntar, en cambio, es el efecto
del libre albedrío que nos ha obsequiado el milagro de la vida,
la misma que nos demanda autonomía y criticidad, pues sin esas cualidades
estaríamos condenados a la muerte, al infinito dejar de aprender.
La vida existe porque siempre hemos aprendido y ese aprender “siempre”
ha supuesto preguntarnos por nosotros mismos y la razón por la cual existimos
y tenemos un mundo donde no podemos evitar amarnos, es decir, saber o conocer.
Y en esto se resuelve definitivamente la naturaleza del aprender
y su infinita guerra: un campo donde las preguntas a veces mueren
para que otras maten respuestas definitivas.

Víctor Hugo Quintanilla Coro

Educación, texto – La eñe también es gente

Un manifiesto escrito por María Elena Walsh en el año 2006, en defensa de la vapuleada letra eñe. Símbolo identitario del idioma español, tiene su origen en la época medieval, ya que en los monasterios y después en las imprentas, se tenía la costumbre de economizar letras para ahorrar esfuerzo en las tareas de copiado y colocación de caracteres. Por eso la secuencia “nn” se escribía con una línea pequeña llamada virgulilla o ápice, encima de una “n” de tamaño normal, lo que dio origen a la letra “ñ”.

La eñe también es gente

La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos.
Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses,
el unicornio. Todos evasores de la eñe. ¡Señoras, señores,
compañeros, amados niños!

la ñ

¡No nos dejemos arrebatar la eñe!
Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación
y admiración. Ya nos redujeron hasta la apócope.
Ya nos han traducido el pochoclo.
Y como éramos pocos, la abuelita informática
ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe
con su gracioso peluquín, el ~.
¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños?
¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes
y los ñacurutuces? ¿En los pagos de Añatuya
cómo cantarán Añoranzas?
¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo?
¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa,
aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio?
¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante
de la lengua guaraní?
“La ortografía también es gente”, escribió Fernando Pessoa.
Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones.
Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules,
como la W o la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica,
como la letrita segunda, la eñe,
jamás considerada por los monóculos británicos,
que está en peligro de pasar al bando de los desocupados
después de rendir tantos servicios
y no ser precisamente una letra ñoqui.
A barrerla, a borrarla, a sustituirla,
dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas,
sólo porque la ñ da un poco de trabajo.
Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta.
Una letra española es un defecto más de los hispanos,
esa raza impura formateada y escaneada también
por pereza y comodidad.
Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños,
panameños. ¡Impronunciables nativos!
Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece,
esa letra con caperuza, algo muy pequeño,
pero menos ñoño de lo que parece.
Algo importante, algo gente, algo alma y lengua,
algo no descartable, algo propio y compartido
porque así nos canta.
No faltará quien ofrezca soluciones absurdas:
escribir con nuestro inolvidable César Bruto,
compinche del maestro Oski.
Ninios, suenios, otonio.
Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar,
salvo que la Madre Patria retroceda
y vuelva a llamarse Hispania.
La supervivencia de esta letra nos atañe,
sin distinción de sexos, credos ni programas de software.
Luchemos para no añadir más leña a la hoguera
dónde se debate nuestro discriminado signo.
Letra es sinónimo de carácter.
¡Avisémoslo al mundo entero por Internet!
La eñe también es gente.

María Elena Walsh

Frase de vida – Educación

Las ciencias y las letras son el alimento para la juventud
y el recreo de la vejez;
ellas nos dan esplendor en la prosperidad
y son un recurso y un consuelo en la desgracia.
Marco Tulio Cicerón

Frase de vida – Aprender

Aprender a ver
es el más largo aprendizaje
de todas las artes.
Edmond y Jules de Goncourt

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