Poemas, relatos y cuentos

Reflexión – El camino de las lágrimas

Soñamos que vivimos un amor eterno y un día nos despertamos
frente a una realidad:

Ya no nos aman…
¿Por qué?
Amar también implica correr riesgo,
y cuando se ama en verdad se sufre,
y cómo nos cuesta soltar aquello que amamos.
Dejar ir y soltar, esa es la clave y no es fácil porque duele.

Seguir llorando… aquello que no tengo,
me impide disfrutar esto que tengo ahora.

Aprender a enfrentarse con el tema de la pérdida,
es aceptar vivir el duelo… saber que aquello que era,
es aquello que era y que ya no es más,
o por lo menos que ya no es lo mismo que era.

De hecho, nunca es lo mismo.
Cuando yo me doy cuenta de que algo ha muerto…
de que algo está terminado, ese es un buen momento para soltar.
Cuando ya no sirve, cuando ya no cumple y cuando ya no es,
es tiempo de soltar.

Lo que seguro no voy hacer, si te amo de verdad…
es querer retenerte.
Lo que seguro no voy a hacer es tratar de engancharte,
si es verdad que te amo.

Te amo a ti…
¿O amo la comodidad de que estés al lado mío?,
¿estoy relacionado contigo como individuo o como persona?,
¿O estoy relacionado, con mi idea de que ya te encontré
y no quiero salir a buscar a nadie más?.
No te atrapo, no te agarro, no te aferro, no te aprisiono,
y no te dejo ir porque no me importes;
te dejo ir por que me importas.

Jorge Bucay

Cuento de fortaleza – La llave

Marta Morris y la llave de la fortuna

Marta Morris vive en Estados Unidos. Es escribana.
Un día escuché un cuento que ella comenta de su vida personal.

Marta vivía en una casa en las afueras de Nueva York.
Estaba por firmar un contrato muy importante con una empresa
que le aseguraba su futuro, y había trabajado todo el fin de semana
en ese contrato para que todo llegara a buen término.
Ese día, como lo hacía habitualmente, despidió a sus hijos
y a su esposo -que se iban a realizar sus tareas diarias-,
agarró sus cosas y salió.

Cuando salió, se dio cuenta que se había olvidado el contrato
dentro de la casa. Cuando se dio vuelta para abrir la puerta,
se dio cuenta que se había olvidado las llaves adentro.
El contrato y las llaves habían quedado adentro de la casa.

Desesperada porque no podía hacer firmar el contrato,
empezó a forzar la puerta para ver si podía entrar.
Estaba angustiada, ya que había trabajado durante años
para llegar a ese momento, y ahora una puerta le interrumpía el paso.

Intentó forzar la puerta, hacer palanca…
Y no tuvo éxito. Tampoco había alguna ventana abierta
por donde entrar. Entonces, empezó a gritar.
Llegó el cartero y le preguntó qué le pasaba.
Marta Morris le contó toda la historia.
Entonces, el cartero comenzó a ayudarla,
pero no pudieron abrirla. La puerta no cedía.
- ¿Y su marido?, preguntó el cartero.
- Mi marido está en otra ciudad y no tengo como encontrarlo.
El cartero le preguntó si no tenía otra llave.
- Sí, mi vecino -contestó Marta- pero tuvo la mala idea
de irse un fin de semana afuera.
El cartero le sugirió romper la puerta.
Marta le dijo que no era conveniente,
ya que ella debería irse y la casa quedaría abierta.

Entonces, el cartero le propuso ir a buscar a un cerrajero,
pero Marta se opuso porque necesitaba abrir la puerta
en ese mismo instante. Volvió a patear la puerta,
pero no pudo abrirla.

Resignado, el cartero le dijo que lo lamentaba mucho,
le dejó una carta y se fue.

Cuando el cartero se fue, Marta Morris volvió a patear la puerta,
pero no se abrió. Lloró desesperada ante la imposibilidad.

Marta Morris se sentó en el escalón de la puerta de entrada
y abrió la carta que le había dejado el cartero.
Era de su hermana. Marta Morris se emocionó.
La hermana le contaba en la carta lo bien que la había pasado
el fin de semana con su familia.

“Te escribo esta carta para decirte que me sentí muy cómoda
con tu familia… pero también para pedirte disculpas.
Cuando estuve en tu casa, un día llegué más temprano
y como no podía ingresar le pedí la llave a tu vecino.
Y en un descuido me olvidé de devolverte la llave.
Dentro del sobre te envío la llave que me olvidé de devolverte”.

La historia de nuestra vida tiene que ver con la historia
de Marta Morris: hasta cuando vamos a golpear las puertas,
hasta cuando vamos a seguir llorando
por aquellas puertas que no se abren.
Tenemos que empezar a confiar que la llave
va venir a nosotros si dejamos de golpear.

Jorge Bucay

Cuento para pensar de Jorge Bucay

Cuento para pensar

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto,
se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado
de algunas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis
a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando,
mientras parecía cavar en la arena.
- Qué tal anciano? La paz sea contigo.
- Contigo -contestó Eliahu sin dejar su tarea-.
- Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
- Siembro -contestó el viejo.
- Qué siembras aquí, Eliahu?
- Dátiles -respondió Eliahu mientras señalaba a su alrededor el palmar.
-¡Dátiles!! -repitió el recién llegado, y cerró los ojos
como quien escucha la mayor estupidez.
- El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. ven,
deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
- No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos…
- Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
- No sé… sesenta, setenta, ochenta, no sé.. lo he olvidado…
pero eso, ¿qué importa?
- Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer
y recién después de ser palmeras adultas
están en condiciones de dar frutos.

Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes,
ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente
puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras.
Deja eso y ven conmigo.
- Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró,
otro que tampoco soñó con probar esos dátiles.
Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana
los dátiles que hoy planto… y aunque sólo fuera en honor
de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
- Me has dado una gran lección, Eliahu, déjame que te pague
con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste -y diciendo esto,
Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
- Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto:
tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara.
Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar
y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
- Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección
que me das hoy y es quizás más importante que la primera.
Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.
- Y a veces pasa esto -siguió el anciano y extendió la mano
mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar
y antes de terminar de sembrar ya coseché no solo una, sino dos veces.
- Ya basta, viejo, no sigas hablando.
Si sigues enseñándome cosas tengo miedo
de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte…

Jorge Bucay

Reflexión de esperanza – Rendirse jamás

Rendirse jamás

Nuestra vida está llena de sueños. Pero soñar es una cosa
y ver qué hacemos con nuestros sueños es otra.

Por eso, la pregunta es, qué hicimos, qué hacemos
y qué haremos con esa búsqueda llena de esperanzas
que los sueños, ellos, prometieron para bien
y para mal a nuestras ansias.

El sueño del que hablamos no es una gran cosa en sí mismo:
una imagen de algo que parece atractivo, deseable
o por lo menos cargado de cierta energía propia o ajena,
que se nos presenta en el mundo del imaginario.
Nada más y nada menos.

Pero si permito que el sueño me fascine,
si empiezo a pensar “qué lindo sería”,
ese sueño puede transformarse en una fantasía.
Ya no es el sueño que sueño mientras duermo.
La fantasía es el sueño que sueño despierto;
el sueño del que soy conciente, el que puedo evocar,
pensar y hasta compartir.
“Qué lindo sería” es el símbolo de que el sueño se ha transformado.

Ahora bien, si me permito probarme esa fantasía,
si me la pongo como si fuese una chaqueta
y veo qué tal me queda, si me miro en el espejo interno
para ver cómo me calza y demás…
entonces la fantasía se vuelve una ilusión.
Y una ilusión es bastante más que una fantasía,
porque ya no la pienso en términos de que sería lindo,
sino de “cómo me gustaría”. Porque ahora es mía.

Ilusionarse es adueñarse de una fantasía.
Ilusionarse es hacer propia la imagen soñada.

La ilusión es como una semilla: si la riego, si la cuido,
si la hago crecer, quizás se transforme en deseo.
Y eso es mucho más que una ilusión,
porque el “qué lindo sería” se ha vuelto un “yo quiero”.
Y cuando llegó ahí, son otras las cosas que me pasan.
Me doy cuenta de que aquello que “yo quiero”
forma parte de quien yo soy.

En suma, el sueño ha evolucionado desde aquel momento
de inconciencia inicial, hasta la instancia en que claramente
se transformó en deseo sin perder el contenido con el cual nació.

Sin embargo, la historia de los sueños no termina aquí;
muy por el contrario, es precisamente acá,
cuando percibo el deseo, donde todo empieza.

Es verdad que estamos llenos de deseos, pero estos
por sí mismos no conducen más que a acumular
una cantidad de energía necesaria para empezar el proceso
que conduzca a la acción. Porque…
¿qué pasaría con los deseos si nunca
llegaran a transformarse en una acción?

Simplemente acumularíamos más y más de esa energía interna
que sin vía de salida terminaría tarde
o temprano explotando en algún accionar sustitutivo.

Si un sueño permanece escondido y reprimido
puede terminar en un deseo que enferma, volviéndose síntoma;
y aún si con suerte no llegara a somatizarse el deseo sin acción
es capaz de interrumpir toda conexión pertinente
con nuestra realidad de aquí y ahora.

El deseo es nada más y nada menos que la batería, el nutriente,
el combustible de cada una de mis actitudes.

El deseo adquiere sentido cuando soy capaz
de transformarlo en una acción.

El deseo me sirve únicamente en la medida en que se encamine
hacia la acción que la satisfaga. Nuestra mente trabaja en forma
constante para transformar cada deseo en alguna acción.

Cada cosa que yo hago y cada cosa que decido dejar de hacer
está motivada por un deseo, pueda yo identificarlo o no.

Jorge Bucay

Cuento de vida – La tristeza y la furia

La tristeza y la furia

En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar,
o quizás donde los hombres transitan eternamente
sin darse cuenta…
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles,
se vuelven concretas…

Había una vez…
Un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura
donde nadaban peces de todos los colores existentes
y donde todas las tonalidades del verde
se reflejaban permanentemente…
Hasta ese estanque mágico y transparente
se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía,
la tristeza y la furia.
Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas, las dos,
entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia),
urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente
y más rápidamente aún salió del agua…
Pero la furia es ciega, o por lo menos,
no distingue claramente la realidad,
así que desnuda y apurada, se puso, al salir,
la primera ropa que encontró…
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza…
Y así vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre,
a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño
y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia
del paso del tiempo), con pereza y lentamente,
salió del estanque.
En la orilla encontró que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta
es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa
que había junto al estanque, la ropa de la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces
uno se encuentra con la furia, ciega, cruel,
terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien,
encontramos que esta furia que vemos,
es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia,
en realidad… está escondida la tristeza.

Jorge Bucay