Poemas, relatos y cuentos

Reflexión – La desesperación

La desesperación no es un camino sin salida.
El camino sin salida es el del desanimado.
El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando
porque la experiencia le ha lastimado la esperanza.

El desanimado ha perdido el sentido de la lucha.
Tal vez peor: la fuerza para luchar.
Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer
hasta la desesperación, suscitándole la bronca.
La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación.

Y la desesperación superada, eso es la esperanza.

Por eso me parece imposible suscitar la esperanza
en un desanimado a través de la compasión.
Un desanimado no necesita de la lástima.
La lástima es el reponso sobre el desanimado.
Al desanimado hay que llevarlo a la bronca,
a fin de que sacudido en su vergüenza asuma
la desesperación y la supere.
Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida,
emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías
en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza.
Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad.
Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho
la amputación de su capacidad de ser garantías.

La garantía se pone sobre algo mucho más profundo
y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro,
en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida.
Mi vida tiene un sentido.
El vivirlo es lo que me permitirá ser.
Esa convicción profunda es un acto profundo
de fe en sí mismo. O mejor: es algo que llevamos por dentro
y que nos puso en camino.
Creer que mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido.
Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único
que da apoyo real a mi vida y a mis opciones,
es algo que me hace superar la desesperación.

Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer
hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana,
que no nos deja admitir que nuestra carezca de sentido.
Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar.
La desesperación no es la desesperanza.
La desesperanza es carecer de esperanza,
es la situación de no tener ya esperanza.
Mientras que la desesperación es la situación
de no tener aún esperanza y por lo tanto
la urgencia tenaz por conquistarla.

En la práctica, pienso que hay situaciones
en las que sólo nos queda una actitud humana razonable:
sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco
vaya creciendo la esperanza.

Mamerto Menapace

Reflexión sobre el hogar – La familia y el diálogo

Vivir en familia tiene sus cosas lindas: la pareja y el hogar.
Pero tiene también sus exigencias. Y una de ellas muy fuerte
-y ustedes lo saben tan bien como yo- es el tema del DIÁLOGO.

Dialogar cuando todo va lindo, cuando todo va bien
es una cosa muy fácil. Es agradable. Pero dialogar
en los momentos en que ha habido un cortocircuito,
a veces cuesta. Y está el peligro de manejarse
con frases secas, o por ahí con cartelitos.

Fíjense lo que le pasó a un amigo mío.

Mundial de fútbol. Partido importantísimo.
Domingo a las cuatro de la tarde. Hombre de oficina
acostumbrado a no almorzar nunca, una de las debilidades era,
los domingos, compartir un asadito, unos ravioles
hechos por la nona y dos vasitos de vino tinto
para completar el asunto. Y después una buena siesta,
de esas de pijama y Padrenuestro. Total, no hay exigencias por la tarde.

No van a creer, justo ese día se le descompuso el despertador.
No quería perder la siestita. Eran las dos de la tarde.
Tampoco quería perderse el partido de fútbol de las 4 de la tarde.

Lo lógico era decirle a la señora:

- Mirá flaca, despertame a las cuatro menos cuarto.

Pero se habían medio disgustado. Silencio de los dos.
Y no fue capaz de decirle:

- Perdoname, flaca… despertame a las cuatro menos cuarto.

¡NO! Lo escribió en un papel y lo colocó con uno de esos imanes
en la heladera. Fue, se acostó en la cama, corrió la cortina,
se sacó las alpargatas. Y se durmió, che,
como expediente de jubilación.
Cuando se quiso acordar eran las seis de la tarde.

Se despertó sobresaltado cuando se dio cuenta
que había dormido mucho.

Miró el reloj, eran las seis…

¡Pucha! -dijo- la flaca me falló.

Miró mejor y al lado del reloj había un cartelito que decía:

¡DESPERTATE! Son las cuatro menos cuarto.

Es el peligro de manejarse con cartelitos cuando la vecindad
es muy inmediata. Yo creo que a veces el que tiene razón
tiene que usarla.

Yo les pediría que todos ustedes sea que estén solos
o en familia, que no me den la razón.
Usen la de ustedes. Es mucho más importante para mí.

Mamerto Menapace
Del libro “Cuento con Ustedes”

Reflexión de vida – Lo inmediato y la noche

Lo inmediato y la noche

La abundancia de luz nos regala lo inmediato.
Es nuestro este árbol, este pájaro, esta flor.
Nuestra mirada se aquerencia en lo que está cerca,
en los que nos rodea.
Nos quedamos quietos en medio de nuestra jaula de cosas,
y todo viene hasta nosotros traído por esa luz que abunda.
Los colores, las formas, el movimiento: todo llega hasta nosotros,
como llega el alimento hasta el enjaulado
que termina por creerse el centro de todo lo que existe.

mamerto

La jaula de la luz abundante puede amputar en nosotros
la capacidad de volar. Y el que es incapaz de volar,
termina por reducir la realidad a su pequeña realidad.
Todas estas cosas que él cree poseer,
y que en realidad lo poseen a él, pueden terminar por convertirse
para él en lo único que existe;
o en lo único que vale la pena pensar que existe.
Terminará así por olvidar que en su misma tierra existen desiertos y ríos,
montañas con nieve y selvas con pájaros en libertad.
Terminará por no importarle que existan océanos
y hombres que los navegan. Aunque sepa que existen otros mundos
más allá de su propio planeta, esos mundos no le interesan para nada,
y piensa que nada tiene que aportarle a su vida de jaula
en su pequeña geografía satisfecha.
Y es entonces cuando viene la noche.
La noche que nos empobrece radicalmente.
Que al quitarnos la luz, nos arrebata todo lo inmediato.
La noche que desenjaula en nuestro interior todos esos viejos miedos;
que nos hace sentir pobres y desprotegidos.
Que nos vuelve a hacer sentir la necesidad de creer
en el ángel de la guarda. En que nuestro niño se despierta
y vuelve a buscar refugio en su madre.
Y la noche, al quitarnos con la luz la presencia de lo inmediato,
vuelve a encender allá arriba, muy lejos,
la luz de las estrellas inmensas.
Porque las estrellas necesitan de la oscuridad para poder brillar.
O tal vez no sean las estrellas las que necesiten de la oscuridad.
En realidad somos nosotros los que necesitamos ser liberados
de nuestra pequeña jaula luminosa,
para así ser capacitados de poder ver esos inmensos astros
de las lejanías que estaban allí, brillando desde siempre.
Porque al arrebatarnos lo inmediato, la oscuridad nos capacita
para ver lo real que brilla mucho más lejos.
Nos ensancha el horizonte a las dimensiones del universo.
Obliga al hombre a emprender el vuelo.
La presencia de las estrellas en la noche ha permitido a los hombres
largarse tierra adentro, hacerse navegantes.
Cuando la oscuridad de un hombre se preña con una estrella,
su Noche mala se convierte en Noche Buena.
La oscuridad nos da la oportunidad del silencio
y nos capacita para la búsqueda.
Nos obliga a ir hombre adentro y nos invita a adentrarnos en el mar.
Hay estrellas inalcanzables que regalaron a ciertos navegantes
audaces nuevos continentes.
Eran hombres con capacidad de largarse al mar,
mineros de la noche con la sola luz de una estrella.
Lo fecundo de la noche no está en que nos libera de las cosas inmediatas,
sino que libera en nosotros la capacidad de ver más allá de lo inmediato.
Nos obliga a ver lo exigente más allá de lo útil.
Nos hace superar la necesidad y nos hace crecer hasta el deseo.
Por eso nos capacita para la renuncia.
El dolor y la pobreza son fecundos,
sólo si nos capacitan para volar.

Mamerto Menapace

Reflexión de vida – La sombra propia

La sombra propia

El que no da la cara a la luz, se obliga a caminar
detrás de su propia sombra.

¡Qué difícil es ser realista en la propia vida!
Resulta más fácil entregarnos a nuestra propia sombra,
a nuestros sueños, a la marca que dejamos en el suelo.

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Porque la realidad tiene siempre mucho de imprevisible.
Nos supera y nos envuelve.
En ella nos encontramos colocados y no la podemos manejar,
como lo hacemos con la carretilla de nuestros sueños.
La sombra no tiene peso, y por eso al proyectarla
contra un obstáculo fácilmente lo supera.
Se retuerce, se amolda, trepa y se alarga.
Ha logrado muy fácilmente superar el obstáculo
con el que nos topamos en el camino.
La sombra ha pasado. Pero nosotros no.
Porque el obstáculo es real.
Y nos encontramos detenidos
por lo que se atraviesa ante nuestros pies.

Es probable que en ese momento giremos la carretilla
de nuestra sombra y creamos seguir tras ella
simplemente porque la seguimos empujando delante nuestro.
Y así vamos sembrando nuestra vida
con trozos de camino que terminan siempre en fracasos,
aunque no tengamos el coraje de reconocerlo,
autoengañándonos con la convicción de ser leales a una idea.

Pero el que se anima a dar la cara a la luz,
obliga a su sombra a marchar detrás suyo,
haciendo su mismo camino.
Porque el que camina con la luz de la realidad en sus ojos,
también tiene su sombra. Pero no la sigue.
Es ella la que lo sigue a él.
Y su sombra no supera obstáculos que previamente
no hayan sido traspasados por los pasos reales del que camina.

Hombres y sombra realizan así un mismo camino.
Ideales y realidad forman una misma historia.
Probablemente los ideales tocarán menos realidades,
pero éstas serán aquellas que han obligado
al hombre a crecer y avanzar.

Este hombre ha aceptado las exigencias
de la luz en su camino. Exigencias dura.
Pero que han unificado su huella,
y que en definitiva le habrán permitido llegar,
cuando tenga que entregar
su sombra madura a la noche.

Sólo el hombre con una sombra madura
puede esperar sin miedo la luz de un nuevo amanecer.
Será un hombre que ha hecho su camino.

Mamerto Menapace

Reflexión de Mamerto Menapace – Buscando el mar

Buscando el mar

Como todos los ríos,
también él se había puesto en movimiento buscando el mar.
No lo conocía. Simplemente lo intuía, como un destino.
Como un llamado.

menapace

Cuando la primavera de la vida puso su nieve en movimiento,
contra lo primero que chocaron sus aguas alertadas
fue precisamente con las rocas
que hasta ese momento le habían cobijado.
Tal vez le resultó difícil encontrar su cauce y ubicar un rumbo.
Pero había una fuerza imperiosa que lo ponía en movimiento.
Siempre hacia abajo,
siguiendo su instinto de agua en movimiento,
sentía estar respondiendo al misterio de su existencia,
buscando un encuentro.

Los ríos son agua en movimiento
que busca el encuentro con el mar.
El mar lejano y aún no conocido los atrae.
Y respondiendo a esta profunda y misteriosa atracción,
arrastran su pecho por la tierra,
embarran su caudal, atropellan los obstáculos
y abren surcos que serán su propio cauce.

Pero hay ríos que renunciar a llegar al mar.
Hay algunos que lo hacen porque no les alcanza el caudal
y terminan por morir en los arenales.
Otros, en cambio, abandonan su tensión por el mar
y se convierten en lagunas:
las lagunas son ríos que olvidaron su tensión por el mar.
Cansadas de andar y vencer obstáculos,
prefieren construir su propio océano
en el hueco de alguna hondonada,
o en los esteros de la tierra anegadiza.
Y allí se quedan, engañándose a sí mismos,
creyendo haber llegado cuando en realidad
simplemente se han detenido.
Señal de que no fueron muy lejos.

Pero hay otro tipo de ríos que tampoco llegan al mar.
A éstos ni les ha faltado caudal,
ni han abandonado su tensión por el mar.
Al contrario.
Allí donde su cauce se embreta
y corres más apasionadamente pudiendo las rocas,
han aceptado un dique los sofrena.
Sus aguas tumultuosas, al no poder seguir su curso normal,
se arremolinan acorraladas
y comienzan a trepar lentamente las laderas
acumulando toda su energía. Se parecen a las lagunas.
Pero hay algo importante que las diferencia:
anidan en la altura y aceptan una turbina que las desangra.

Insisto que no han abandonado su tensión por el mar.
Al contrario.
Al sentirse contenidas por el dique que se interpone
en su libre carrera instintiva, su ímpetu se acumula
y se potencializa cada vez más.
Incluso su fuerza puede llegar a ser peligrosa,
si el dique cede. Entonces todo su caudal
liberado de golpe se convierte en avalancha de piedras,
barro y agua, asesinando todo lo que encuentra a su paso.
Ha habido ciudades destruidas por las aguas desenfrenadas.

Pero si el dique resiste, porque se ha asentado sobre la roca,
entonces la fuerza acumulada
se canaliza a través de la turbina y se convierte en luz,
en energía, en calor.
El caudal se desfleca por las acequias y va a regar los surcos,
creciendo por los viñedos hacia el vino,
por los trigales hacia el pan, por los olivares
hacia el aceite que alumbra, suaviza o unge.
Gracias a su fuerza acumulada,
entra en cada casa para el humilde servicio de abrevar,
refrescar o lavar.

Nuestro río es de este tipo.
Aceptando el dique que frena sus instintos
de correr libremente hacia el mar, se hizo lago.
No tenía mucho caudal,
pero lo alimentan las nieves de la cordillera patagónica,
y tiene cerros en su camino.
Y en los Cerros Colorados su curso fue interceptado.
Encorvó su lomo gredoso al sentir frenado su ímpetu,
y actualmente sigue buscando ansiosamente el mar
a través de la turbina que canaliza toda su energía.
Y buscando el mar, llega hasta mi mesa hecho luz.
La luz que alumbra mi celda de monje
y me permite escribirles a ustedes
su parábola de tensión y servicio.
Porque este río no está esclavizado.
De ninguna manera.
Ha sido liberado para ser puesto al servicio.

El mar es amar.

Mamerto Menapace

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