Un hombre de bien
Hace muchos años, vivía un hombre que era capaz de amar y perdonar a todos los que encontraba en su camino. Por esta razón, Dios envió un ángel para que hablara con él.

- Dios me pidió que viniera a visitarte y que te dijera que Él quiere recompensarte por tu bondad -dijo el ángel. Cualquier gracia que desees, te será concedida. ¿Te gustaría tener el don de curar?
- De ninguna manera -respondió el hombre- Prefiero que el propio Dios elija a aquellos que deben ser curados.
-¿Y qué te parecería atraer a los pecadores hacia el camino de la Verdad?
- Esa es una tarea para ángeles como tú. Yo no quiero que nadie me venere, y tener que dar el ejemplo todo el tiempo.
- No puedo volver al cielo sin haberte concedido un milagro. Si no eliges, te verás obligado a aceptar uno.
El hombre reflexionó un momento, y terminó por responder:
- Entonces, deseo que el Bien se haga por mi intermedio, pero sin que nadie se dé cuenta ni yo mismo, que podría entonces pecar de vanidoso.
Y el ángel hizo que la sombra del hombre tuviera el poder de curar, pero sólo cuando el sol estuviese dándole en el rostro. De esta manera, por dondequiera que pasaba, los enfermos se curaban, la tierra volvía a ser fértil, y las personas tristes recuperaban la alegría.
El hombre caminó muchos años por la Tierra, sin darse cuenta nunca de los milagros que realizaba, porque cuando estaba de frente al sol, tenía a su sombra detrás. De esta manera, pudo vivir y morir sin tener conciencia de su propia santidad.
Paulo Coelho
El té – Cuento
Había en el Japón un grupo de caballeros de cierta edad que solían reunirse a charlar y a beber té.

Una de sus diversiones consistía en buscar costosas variedades de té y crear nuevas mezclas que deleitaran el paladar. Cuando le llegó el turno de agasajar a los demás al miembro de más edad del grupo, hizo alarde del más exquisito ceremonial para servir un té cuyas hojas había extraído de una lata de oro.
Todo el mundo se deshizo en elogios hacia el té y quisieron saber cómo había conseguido hacer tan excepcional mezcla. Él hombre sonrió y dijo:
- Caballeros, ese té que han encontrado tan delicioso es el que beben los empleados de mi granja.
“Las mejores cosas de la vida, no son costosas ni difíciles de encontrar”
Anthony de Mello
Deja salir la música de tu interior… – Cuento
Tres jóvenes vecinos, Salvatore, Julio y Antonino vivían y jugaban en Cremonia, Italia, a mediados del siglo XVII.
Salvatore tenía una voz hermosa y Julio lo acompañaba tocando el violín, mientras tocaban en la plazas o llevaban serenatas a las prometidas de los novios ocasionales que recurrían de sus servicios. Aunque a Antonino le encantaba la música, su voz chirriante hacía que la gente se burlara de él.

No obstante, Antonio no carecía de talento. Su posesión más valiosa era una navaja de bolsillo con la que hacía una preciosas tallas en trozos de madera.
Un día de fiesta, los tres amigos salieron para la plaza de la catedral.
Mientras caminaban Antonino reflexionaba respecto a su incapacidad para cantar. Eso hacía llorar su corazón, porque amaba la música tanto como los otros.
Una vez en la plaza, Julio tomó el violín en tanto que Salvatore cantaba con su potente voz de cantor. La gente se detenía a escucharlos, y la mayoría dejaba una o dos monedas para los andrajosos muchachos. Un anciano salió de la multitud, los felicitó y puso una brillante moneda en la mano de Salvatore. El muchacho abrió la mano y exclamó:
- ¡Miren! es una moneda de oro. Los tres muchachos estaban entusiasmados y se pasaban la moneda entre sí.
- Pero ese anciano muy bien puede permitirse dar limosnas de esa monta -dijo Julio- es el gran Amati.
-¿Y quién es Amati?, ¿Y por qué es grande? -pregunto tímidamente Antonino-.
- Amati es el gran “hacedor de música” -respondió Salvatore-, él fabrica los mejores violines de Italia, y vive en nuestra ciudad!.
Su corazón empezó a latir fuertemente y una idea cruzó por su mente. A la mañana siguiente, el joven salió de casa llevando consigo su preciosas navaja y algunas cosas que con ella había hecho: un bello pájaro, un cofre, una flauta, varias estatuillas y un exquisito barco de madera.
Tocó a la puerta del gran maestro y le dijo:
- Traje estas cosas para que usted las vea, señor -mientras mostraba el producto de sus manos- ¿seré digno de ser su aprendiz?
El maestro Amati, con cuidado, recogió y examinó cada pieza, deteniéndose en la exquisitez de los detalles del pequeño barco, e invitó a Antonino a seguir a su casa.
- ¿Y por qué quieres hacer violines? -inquirió el anciano artista-.
- Porque amo la música, peor no puedo cantar, pues mi voz suena como una bisagra que rechina. Ayer usted dió una moneda a mis amigos, en la plaza de la Catedral. Yo también quiero hacer que la música tome vida -concluyó Antonino-.
En muy poco tiempo se convirtió en discípulo del gran artista.. Después de muchos años no había secreto en la fabricación de un violín, de sus setenta diferentes parte que él no conociera.
Cuando cumplió 22 años de edad, su maestro le permitió poner su propio nombre en un violín que había fabricado. Durante su vida Antonino fabricó más de mil cien de ellos, tratando de hacer cada uno mejor y mas bello que el anterior.
Cualquier persona que posea un violín fabricado por Antonino STRADIVARIUS es dueña de un TESORO, de una obra maestra…
Siempre somos portadores de tesoros, lo importante es descubrirlos y perseverar para hacerlos realidad.
Los reyes magos – Cuento
No olvidaré jamás aquella mañana del seis de enero; hacía pocos días había cumplido mis primeros sesenta y un años. Durante la noche anterior un sueño extraño llenó mi corazón de dudas. Por eso me levanté muy temprano, no podía seguir durmiendo, algunas lágrimas mostraban mi tristeza.

Me senté en el borde de la cama y seguí llorando, mientras recordaba al duende que en mis sueños me había dicho algo que yo no podía creer… por eso mi llanto y mi tristeza esa mañana del seis de enero.
Con su chillona voz de duende había dicho: “Me extraña que a tu edad no lo sepas: los Reyes Magos no existen, son los adultos, generalmente los padres, los que compran los regalos”.
Siguió hablando, sin importarle mi dolor y aunque ya no quería escucharlo y hacía lo posible para alejarme de él, su voz aguda y su risita burlona resonaban en mis oídos, hasta que al fin pude despertar.
Inicié las tareas del día sintiéndome muy mal, sin deseos de hacer nada.
Para distraerme un poco y aliviar mi pena salí a caminar y me encontré con muchos chicos jugando en las calles y comentando entre ellos los regalos recibidos, que por cierto eran muy hermosos.
Claro!, pensé, los padres de estos niños tienen el dinero suficiente para comprárselos.
Seguí andando, sin rumbo fijo, y así pasé por un barrio más pobre, por el hospital, por la iglesia y por último llegué a un barrio de emergencia y vi que todos los niños tenían algún juguete entre sus manos.
Los sentimientos eran similares en todas partes. Padres e hijos del barrio rico, la iglesia o el hospital llevaban en sus rostros la misma expresión de felicidad, sin relación con el valor material de los regalos, se reflejaban en sus miradas la emoción, la alegría, la sorpresa, el amor, todo el amor.
Fue entonces que mis labios volvieron a sonreír.
Esperé la noche para hablar con el duende de mis sueños y cuando él llegó le conté lo que había visto.
Me escuchó con mucha atención y sonriente e inquieto como siempre, me dijo:
“Mientras haya gente buena, corazones abiertos, personas que amen a los niños, a las que nos les importe el color de la piel o la posición social, los Reyes Magos seguirán llegando, ellos jamás dejarán de venir”.
Su risita sonora se fue apagando, mientras se elevaba hacia el cielo.
Yo me quedé mirando cómo se perdía en la noche y entonces me pareció ver entre las estrellas las siluetas de los tres Reyes, montados en sus camellos. que se alejaban con las bolsas repletas de cartas ilusionadas.
Acaricié mi barba, como lo hago siempre que estoy feliz… una de aquellas cartas era mía.
Pancho Aquino
Del libro: “Cuentos para Niños de 8 a 108 II”
Doce años después – Cuento
Era un joven que había decidido seguir la vía de la evolución interior. Acudió a un maestro y le preguntó:
–Guruji, ¿qué instrucción debo seguir para hallar la verdad, para alcanzar la más alta sabiduría?

El maestro le dijo:
–He aquí, jovencito, todo lo que yo puedo decirte: todo es el Ser, la Conciencia Pura. De la misma manera que el agua se convierte en hielo, el Ser adopta todas las formas del universo. No hay nada excepto el Ser. Tú eres el Ser. Reconoce que eres el Ser y habrás alcanzado la verdad, la más alta sabiduría.
El aspirante no se sintió satisfecho. Dijo:
–¿Eso es todo? ¿No puedes decirme algo más?
–Tal es toda mi enseñanza -aseveró el maestro-. No puedo brindarte otra instrucción.
El joven se sentía muy decepcionado, pues esperaba que el maestro le hubiese facilitado una instrucción secreta y algunas técnicas muy especiales, incluso un misterioso mantra.
Pero como realmente era un buscador genuino, aunque todavía muy ignorante, se dirigió a otro maestro y le pidió instrucción mística. Este segundo maestro dijo:
–No dudaré en proporcionártela, pero antes debes servirme durante doce años. Tendrás que trabajar muy duramente en mi ashram comunidad espiritual. Por cierto, hay un trabajo ahora disponible. Se trata de recoger estiércol de búfalo.
Durante doce años, el joven trabajó en tan ingrata tarea. Por fin llegó el día en que se había cumplido el tiempo establecido por el maestro. Habían pasado doce años, doce años recogiendo estiércol de búfalo. Se dirigió al maestro y le dijo:
–Maestro, ya no soy tan joven como era. El tiempo ha transcurrido. Han pasado una docena de años. Por favor, entrégame ahora la instrucción.
El maestro sonrió. Parsimoniosa y amorosamente, colocó una de sus manos sobre el hombro del paciente discípulo, que despedía un rancio olor a estiércol. Declaró:
–Toma buena nota. Mi enseñanza es que todo es el Ser. Es el Ser el que se manifiesta en todas las formas del universo. Tú eres el Ser.
Espiritualmente maduro, al punto el discípulo comprendió la enseñanza y obtuvo iluminación. Pero cuando pasaron unos momentos y reaccionó, dijo:
–Me desconcierta, maestro, que tú me hayas dado la misma enseñanza que otro maestro que conocí hace doce años. ¿Por qué habrá sido?
–Simplemente, porque la verdad no cambia en doce años, tu actitud ante ella, sí.
Cuando estás espiritualmente preparado, hasta contemplar una hoja que se desprende del árbol puede abrirte a la verdad.
Cuento hindú
Un nuevo año de trabajo
El trabajo tiene, entre otras ventajas, la de acortar los días y prolongar la vida.
Denis Diderot

Unos obreros estaban picando piedra frente a un enorme edificio en construcción.
Se acercó un visitante a uno de los obreros y le preguntó:
- ¿Qué están haciendo ustedes aquí?
El obrero lo miró con dureza y le respondió:
- ¿Acaso usted está ciego para no ver lo que hacemos?
Aquí, picando piedras como esclavos por un sueldo miserable y sin el menor reconocimiento.
Vea usted ese mismo cartel. Allá ponen los nombres de ingenieros, arquitectos, pero no ponen los nuestros que somos los que trabajamos duro y dejamos en la obra el pellejo.
El visitante se acercó entonces a otro obrero y le preguntó lo mismo.
- Aquí, como usted bien puede ver, picando piedra para levantar este enorme edificio. El trabajo es duro y está mal pagado, pero los tiempos son difíciles, no hay mucho trabajo y algo hay que hacer para llevar la comida a los hijos.
Se acercó el visitante a un tercer obrero y una vez más le preguntó lo que estaba haciendo. El hombre le contestó con gran entusiasmo:
- Estamos levantando un Hospital, el más hermoso del mundo. Las generaciones futuras lo admirarán impresionados y escucharán el entrar y salir constante de las ambulancias, anunciando el auxilio de Dios para los hombres.
- Yo no lo veré terminado, pero quiero ser parte de esta extraordinaria aventura.
El mismo trabajo, el mismo sueldo, la misma falta de reconocimiento; una misma realidad. Tres maneras distintas de vivirla: como esclavitud; como resignación; como pasión, aventura y desafío.
Piensa que el mundo es un infierno y lo será. Piensa que este mundo es parte del paraíso y lo será. Vivir con ilusión, convertir el trabajo en una fiesta sentirnos parte de las buenas obras… ¡De ti depende!


