Tenemos que ser como la luna…

“Tenemos que ser como la luna”, decía y repetía uno de los ancianos de nuestro pueblo, Kabati, en África. Cuando íbamos al río a por agua, o a los campos a trabajar, o a cazar, o a extraer la savia de las palmeras, nos lo decía una y otra vez sin explicarlo nunca, sin decir otra cosa, sonriente y sabio, sentado a la puerta de su casa.

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Yo le oía siempre sin entender, y tampoco me preocupaba por saber qué quería decir. Por fin un día me entró curiosidad y le pregunté a mi abuela, “¿Qué quiere decir ese anciano cuando nos dice que tenemos que ser como la luna?”.

Ella me explicó. Me dijo que era un dicho para recordarnos que teníamos siempre que ser considerados y delicados con los demás.

“La gente se queja cuando hay mucho sol y el calor se hace inaguantable, y también se queja cuando no hay sol y está nublado y llueve y nos mojamos y tenemos frío. Se quejan cuando el sol luce, y se quejan cuando no luce. Pero nadie se queja de la luna.

La luna aparece en el cielo, más grande o más pequeña, más pronto o más tarde, pero siempre suave y delicada, y nadie se queja de ella. Al contrario, todos se alegran al verla.

Y además varía de aspecto y de hora, mientras que el sol es siempre igual y aburrido. Cuando la luna se esconde y no aparece en toda la noche, nos hace desearla y esperarla con ilusión. Y cuando se muestra redonda y completa en toda su belleza, bailamos toda la noche y nos contamos cuentos unos a otros y nos sentimos felices. Por eso nos dicen que tenemos que ser como la luna. Suaves y delicados con todos.

Alegres y entretenidos. Acuérdate siempre.”

Ishmael Beah

El gorrión que quiso ser pavo real – Cuento

Había una vez un gorrión que deseaba ser como el pavo real. ¡Cuánto le impresionaba la orgullosa marcha de aquella inmensa ave: su altiva cabeza, su imponente abanico que abría ufano!

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-Así quiero ser yo también -decía el gorrión-. Me ganaré la admiración de la gente.

El gorrión estiraba la cabeza, aspiraba profundamente inflado su pequeño buche, extendía las plumas de su cola e intentaba caminar tan elegante como había visto hacerlo al pavo real. Daba pasitos cortos aquí y allá, y se sentía inmensamente orgulloso.

Después de algún tiempo de comportarse así, comenzó a notar que este comportamiento inhabitual lo agotaba. Le dolían el cuello y las patas y, lo que era peor, los otros pájaros se reían de él.
-Estoy harto de ser pavo real –gemía-. Quiero comportarme como un gorrión cualquiera.
Pero cuando intentó volver a caminar como un gorrión, no lo consiguió. En lugar de andar como antes, solamente podía brincar. Y así fue cómo aprendieron a brincar los gorriones.

Jaume Soler

Eres único, no necesitas parecerte a nadie para gustar a los demás.

Un hombre de bien

Hace muchos años, vivía un hombre que era capaz de amar y perdonar a todos los que encontraba en su camino. Por esta razón, Dios envió un ángel para que hablara con él.

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- Dios me pidió que viniera a visitarte y que te dijera que Él quiere recompensarte por tu bondad – dijo el ángel. Cualquier gracia que desees, te será concedida. ¿Te gustaría tener el don de curar? – De ninguna manera – respondió el hombre – Prefiero que el propio Dios elija a aquellos que deben ser curados.

-¿Y qué te parecería atraer a los pecadores hacia el camino de la Verdad? – Esa es una tarea para ángeles como tú. Yo no quiero que nadie me venere, y tener que dar el ejemplo todo el tiempo. – No puedo volver al cielo sin haberte concedido un milagro. Si no eliges, te verás obligado a aceptar uno.

El hombre reflexionó un momento, y terminó por responder:
- Entonces, deseo que el Bien se haga por mi intermedio, pero sin que nadie se dé cuenta – ni yo mismo, que podría entonces pecar de vanidoso.

Y el ángel hizo que la sombra del hombre tuviera el poder de curar, pero sólo cuando el sol estuviese dándole en el rostro. De esta manera, por dondequiera que pasaba, los enfermos se curaban, la tierra volvía a ser fértil, y las personas tristes recuperaban la alegría.

El hombre caminó muchos años por la Tierra, sin darse cuenta nunca de los milagros que realizaba, porque cuando estaba de frente al sol, tenía a su sombra detrás. De esta manera, pudo vivir y morir sin tener conciencia de su propia santidad.

Paulo Coelho

Tesoros – Cuento

Hace muchísimos años vivía en la India un sabio de quien se decía que guardaba en un cofre encantado un gran secreto que lo hacía triunfador en todos los aspectos de su vida y que por eso se consideraba el hombre más feliz del mundo. Muchos reyes envidiosos, le ofrecían poder y dinero y hasta intentaron robarlo para obtener el cofre, pero todo era en vano.

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Mientras más lo intentaba, más infelices eran, pues la envidia no los dejaba vivir.
Así pasaban los años y el sabio era cada vez más feliz.
Un día llegó ante él un niño y le dijo:
“Señor, al igual que usted, también quiero ser inmensamente feliz ¿Por qué no me enseña qué debo hacer para conseguir la felicidad?” El sabio, al ver la sencillez y la pureza del niño, le dijo: “A ti te enseñaré el secreto para ser feliz. Ven conmigo y presta mucha atención: En realidad son dos cofres en donde guardo el secreto para ser feliz y son mi MENTE y mi CORAZÓN, y el gran secreto no es otro que una serie de pasos que debes seguir a lo largo de la vida.
El primer paso es saber que existe la presencia de Dios en todas las cosas de la vida y por lo tanto, debes amarlo y darle gracias por todo lo que tienes.
El segundo paso, es que debes quererte a ti mismo y todos los días al levantarte y al acostarte, afirmar: Yo soy importante, yo valgo, yo soy capaz, soy inteligente, soy cariñoso, espero mucho de mí, no hay obstáculo que no pueda vencer. Este paso se llama Autoestima.
El tercer paso, es que debes poner en practica todo lo que dices que eres, es decir, si dices que eres inteligente actúa inteligentemente, si dices que eres capaz, haz lo que te propones, si piensas que no hay obstáculos que no puedas vencer, entonces propónte metas en tu vida y lucha por ellas hasta lograrlas. Este paso se llama Motivación.
El cuarto paso es que no debes envidiar a nadie por lo que tiene o por lo que es, ellos alcanzaron su meta, logra tú las tuyas.
El quinto paso es que no debes albergar en tu corazón rencor hacia nadie. Ese sentimiento no te dejará ser feliz, deja que las leyes de Dios hagan justicia. Tú, perdona y olvida.
El sexto paso, es que no debes tomar las cosas que no te pertenecen, recuerda que de acuerdo con las leyes de la naturaleza, mañana te quitarán algo de más valor.
El séptimo paso, es que no debes maltratar a nadie. Todos los seres del mundo tenemos derecho a que se nos respete y se nos quiera.
Y por ultimo, levántate siempre con una sonrisa en los labios, observa a tu alrededor y descubre en todas las cosas, el lado bueno y bonito.
Piensa en los afortunado que eres al tener todo lo que tienes, ayuda a los demás, sin pensar que vas a recibir nada a cambio. Mira a las personas y descubre en ellas sus cualidades y dales también a ellos , el secreto para ser triunfadores y que de esta manera, puedan ser felices.

El abuelo y la abuela se pelean

Hay personas tan resentidas que son incapaces de perdonar, y todavía más incapaces de olvidar. A veces se sienten generosas y dicen: “Perdono, pero no olvido”. Eso no vale. Tampoco vale lo que decía un torero gitano que se sentía muy ofendido por lo que le habían dicho: “Yo, como cristiano, le perdono; pero como gitano, no”. Jesús, en el Evangelio, nos pide más generosidad. Él mismo excusó a los que le crucificaban.

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El abuelo y la abuela se habían peleado, y la abuela no quería dirigir la palabra a su marido. Al día siguiente el abuelo ya había olvidado la pelea, pero por más que intentaba no podía hacerla hablar. Entonces el abuelo se propuso ponerla nerviosa. Empezó a revolver el armario y cajones hasta el fondo. La abuela no se pudo contener y le gritó airada: “¿Se puede saber qué andas buscando?”. “Lo he encontrado, gracias a Dios —respondió el abuelo—: ¡tu voz!”.

Padre Justo López Melús

He dejado mi yo – Cuento

Un tallista en madera llamado Ching acababa de terminar un yugo de campana.
Y todo el que lo veía se maravillaba, porque parecía obra de espíritus.
Cuando el duque de Lu lo vio, le preguntó: “¿Qué clase de genio es el tuyo, que eres capaz de hacer algo así?”

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Y el tallista respondió: “Señor, no soy más que un simple trabajador. No soy ningún genio. Pero le diré una cosa: cuando voy a hacer un yugo de campana, paso antes tres días meditando para tranquilizar mi mente. Cuando he estado meditando durante tres días, ya no pienso en recompensas ni emolumentos.
Cuando he meditado durante siete días, de pronto me olvido de mis miembros, de mi cuerpo y hasta de mi propio yo, y pierdo la conciencia de cuanto me rodea. No queda más que pericia. Entonces voy al bosque y examino cada árbol, hasta que encuentro uno en el que veo en toda su perfección el yugo de campana.

Luego, mis mano empiezan a trabajar. Como he dejado mi yo a un lado, la naturaleza se encuentra con la naturaleza en la obra que se realiza a través de mi. Esta es, indudablemente, la razón por la que todos dicen que el producto final es obra de espíritus”.

Yo soy un ser imprevisible como la vida misma, que no cabe en ninguna imagen, porque mis formas son cambiantes y mi verdadero ser es inseparable.

Anthony de Mello

Un hombre de bien – Cuento

Hace muchos años, vivía un hombre que era capaz de amar y perdonar a todos los que encontraba en su camino. Por esta razón, Dios envió un ángel para que hablara con él.

- Dios me pidió que viniera a visitarte y que te dijera que Él quiere recompensarte por tu bondad -dijo el ángel. Cualquier gracia que desees, te será concedida. ¿Te gustaría tener el don de curar?
- De ninguna manera -respondió el hombre- Prefiero que el propio Dios elija a aquellos que deben ser curados.
- ¿Y qué te parecería atraer a los pecadores hacia el camino de la Verdad?
- Esa es una tarea para ángeles como tú. Yo no quiero que nadie me venere, y tener que dar el ejemplo todo el tiempo.
- No puedo volver al cielo sin haberte concedido un milagro. Si no eliges, te verás obligado a aceptar uno.

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El hombre reflexionó un momento, y terminó por responder:
- Entonces, deseo que el Bien se haga por mi intermedio, pero sin que nadie se dé cuenta ni yo mismo, que podría entonces pecar de vanidoso.

Y el ángel hizo que la sombra del hombre tuviera el poder de curar, pero sólo cuando el sol estuviese dándole en el rostro. De esta manera, por dondequiera que pasaba, los enfermos se curaban, la tierra volvía a ser fértil, y las personas tristes recuperaban la alegría.

El hombre caminó muchos años por la Tierra, sin darse cuenta nunca de los milagros que realizaba, porque cuando estaba de frente al sol, tenía a su sombra detrás. De esta manera, pudo vivir y morir sin tener conciencia de su propia santidad.

Paulo Coelho

Las campanas del templo – Cuento

El templo había estado sobre una isla, dos millas mar adentro. Tenía un millar de campanas. Grandes y pequeñas campanas, labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al unísono, produciendo una sinfonía que arrebataba a cuantos la escuchaban.

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Pero, al cabo de los siglos, la isla se había hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradición afirmaba que las campanas seguían repicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podría oírlas.

Movido por esta tradición, un joven recorrió miles de millas, decidido a escuchar aquellas campanas. Estuvo sentado durante días en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se había alzado el templo, y escuchó con toda atención.

Pero lo único que oía era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de sí el ruido de las olas, al objeto de poder oír las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecía inundar el universo.

Persistió en su empeño durante semanas. Cuando le invadió el desaliento, tuvo ocasión de escuchar a los sabios de la aldea, que hablaban con unción de la leyenda de las campanas del templo y de quienes las habían oído y certificaban lo fundado de la leyenda. Su corazón ardía en llamas al escuchar aquellas palabras, para retornar al desaliento cuando, tras nuevas semanas de esfuerzo, no obtuvo ningún resultado.

Por fin decidió desistir de su intento. Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado oír las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresaría a su casa y reconocería su fracaso. Era su último día en el lugar y decidió acudir una última vez a su observatorio, para decir adiós al mar, al cielo, al viento y a los cocoteros.

Se tendió en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar.
Aquel día no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entregó a él y descubrió que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó tan absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sí mismo. Tan profundo era el silencio que producía en su corazón.

¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra. Y en seguida todas y cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armonía, y su corazón se vio transportado de asombro y alegría.

Si deseas escuchar las campanas del templo, escucha el sonido del mar.
Si deseas ver a Dios, mira atentamente la creación. No la rechaces: no reflexiones sobre ella. Simplemente, mírala.

Anthony de Mello

Un relato sobre el amor de Jorge Bucay

Dos hermosos jóvenes, se comprometieron de novios cuando ella tenía trece y él dieciocho. Vivían en un pueblito de leñadores situado al lado de una montaña. Él era alto, esbelto y musculoso, dado que había aprendido a ser leñador desde la infancia. Ella era rubia, de pelo muy largo, tanto que le llegaba hasta la cintura; tenía los ojos celestes, hermosos y maravillosos.

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Cuenta la historia, que se habían hecho novios con la complicidad de todo el pueblo. Hasta que un día, cuando ella tuvo dieciocho y él veintitrés, el pueblo entero se puso de acuerdo para ayudar a que ambos se casaran. Les regalaron una cabaña, con una parcela de árboles para que él pudiera trabajar como leñador. Después de casarse se fueron a vivir allí para la alegría de todos, de ellos, de su familia y del pueblo, que tanto había ayudado en esa relación. Y allí vivieron durante todos los días de un invierno, un verano, una primavera y un otoño, disfrutando mucho el estar juntos.

Cuando el día del primer aniversario se acercaba, ella sintió que debía hacer algo para demostrarle a él su profundo amor, y pensó regalarle algo que tuviera un gran significado para él: Un hacha nueva relacionaría todo con el trabajo; un suéter tejido tampoco la convencía, pues ya le había tejido varios en otras oportunidades; una comida no era suficiente agasajo.

Decidió entonces bajar al pueblo para ver qué podía encontrar allí y empezó a caminar por las calles. Sin embargo, por mucho que caminaba no encontraba nada que fuera tan importante y que ella pudiera comprar con las monedas que, semanas antes, había ido guardando de los vueltos de las compras pensando que se acercaba la fecha del aniversario.

Al pasar por una joyería, la única del pueblo, vio una hermosa cadena de oro expuesta en la vidriera. Entonces recordó que había un solo objeto material que él adoraba verdaderamente, que él consideraba valioso. Se trataba de un reloj de oro que su abuelo le había regalado antes de morir. Desde chico, él guardaba ese reloj en un estuche de gamuza, que dejaba siempre al lado de su cama. Todas las noches abría la mesita de luz, sacaba del sobre de gamuza aquel reloj, lo lustraba, le daba un poquito de cuerda, se quedaba escuchándolo hasta que la cuerda se terminaba, lo volvía a lustrar, lo acariciaba un rato y lo guardaba nuevamente en el estuche.

Ella pensó: “Que maravilloso regalo sería esta cadena de oro para aquel reloj”. Entró a preguntar cuánto valía y, ante la respuesta, una angustia la tomó por sorpresa. Era mucho más dinero del que ella había imaginado, mucho más de lo que ella había podido juntar. Hubiera tenido que esperar tres aniversarios más para poder comprárselo. Pero ella no podía esperar tanto.

Salió del pueblo un poco triste, pensando qué hacer para conseguir el dinero necesario para ésto. Entonces pensó en trabajar, pero no sabía cómo; y pensó y pensó, hasta que al pasar por la única peluquería del pueblo, se encontró con un cartel que decía: “Se compra pelo natural”. Y como ella tenía ese pelo rubio, que no se había cortado desde que tenía diez años, no tardó en entrar a preguntar.

El dinero que le ofrecían alcanzaba para comprar la cadena de oro y todavía sobraba para una caja donde guardar la cadena y el reloj. No dudó. Le dijo a la peluquera:
- Si dentro de tres días regreso para venderle mi pelo, ¿usted me lo compraría?
- Seguro, fue la respuesta.
- Entonces en tres días estaré aquí.

Regresó a la joyería, dejó reservada la cadena y volvió a su casa. No dijo nada.

El día del aniversario, ellos dos se abrazaron un poquito más fuerte que de costumbre. Luego, él se fue a trabajar y ella bajó al pueblo. Se hizo cortar el pelo bien corto y, luego de tomar el dinero, se dirigió a la joyería. Compró allí la cadena de oro y la caja de madera. Cuando llegó a su casa, cocinó y esperó que se llegara la tarde, momento en que él solía regresar.

A diferencia de otras veces, que iluminaba la casa cuando él llegaba, esta vez ella bajó las luces, puso sólo dos velas y se colocó un pañuelo en la cabeza. Porque él también amaba su pelo y ella no quería que él se diera cuenta de que se lo había cortado. Ya habría tiempo después para explicárselo.

Él llegó. Se abrazaron muy fuerte y se dijeron lo mucho que se querían. Entonces, ella sacó de debajo de la mesa la caja de madera que contenía la cadena de oro para el reloj. Y él fue hasta el ropero y extrajo de allí una caja muy grande que le había traído mientras ella no estaba. La caja contenía dos enormes peinetones que él había comprado con el producto de la venta del reloj de oro del abuelo.

Jorge Bucay

Un cuento de Navidad

Hace muchos años, vivía en Inglaterra, un hombre llamado Scrooge, al que sólo le importaba seguir aumentando cada día su inmensa fortuna.

Para él, no hay nada que merezca la pena ser celebrado, incluso la propia Navidad le parece una fiesta absurda. Lo que no puede sospechar, es que su percepción de las fiestas navideñas, iba a cambiar completamente gracias a una inesperada visita.

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Cuando se dirige a cerrar su negocio, una extraña niebla aparece en su camino, apareciendo una figura humana, que lo invita a acompañarlo hasta su pasado más remoto, en el que era un niño feliz al que le encantaban estas fiestas.

Antes de que la tristeza anide en su corazón, otro nuevo fantasma, lleva al señor Scrooge hasta la casa de su humilde empleado, el cual se encuentra celebrando una pequeña cena junto a su mujer y su pequeño Tim, al que su terrible enfermedad no le impide ser un niño feliz.

Al igual que sucedió en la anterior ocasión, antes de que pudiera reflexionar sobre las imágenes que ha visto, aparece un tercer fantasma, el de las navidades futuras.

Con él, recorrerán varios escenarios, entre los que puede vislumbrar su solitario entierro.

Espantado ante tal cantidad de visiones, decide que es hora de darle un nuevo rumbo a su vida y comenzar a darle más importancia a la gente que lo rodea.

El sabio no pretende nada: ni ser bueno, ni ser fuerte, ni ser dócil, ni ser rebelde, ni ser contradictorio, ni ser coherente… Sólo quiere ser.

Jorge Bucay