Reflexión de vida – Elegir
Si elegimos sentirnos bien, todos los días
nos sobrarán motivos para sentirnos bien;
si elegimos sentirnos mal, todos los días
nos sobrarán razones para sentirnos mal.

¡Pensémoslo!
Y tal vez descubramos que lo importante y decisivo
no es lo que pasa fuera de uno sino lo que hacemos
que suceda dentro de uno mismo, y que no son los otros,
las cosas o los acontecimientos los que nos hacen sentir mal,
sino nuestro modo de vivir frente a todo…
René Trossero
Escucha a tu corazón
Haz lo que sientes en tu corazón para estar bien,
serás criticado de todos modos.
Te reprocharán si lo haces y te reprocharán si no lo haces.
Eleanor Roosevelt

En la vida, tenemos que tomar decisiones que no son fáciles.
Tememos que cualquier cosa que decidamos disgustará a alguien que amamos.
Es en esos momentos cuando debemos buscar adentro y escuchar esa
voz interior que hay en nosotros.
Si sólo escuchamos los deseos de quienes nos rodean e ignoramos
nuestros propios sentimientos, nunca seremos verdaderamente felices.
Escucha lo que sabes que es correcto y defiéndelo, porque cuando lo hagas,
serás feliz.
Sólo podemos estar en lo correcto si respetamos nuestra voz interior.
No podemos convencernos a nosotros mismos sobre algo que no sentimos
o que no coincide con nuestro verdadero sentir.
En muchas ocasiones nos sentimos presionados por quienes nos rodean
y ante algo que se nos presenta nos sentimos en una encrucijada
ya que nuestra voz interior no coincide con lo que los demás quieren,
desean o sueñan que nosotros hagamos.
Cuando tenemos que tomar decisiones muchas veces nos acercamos
a los demás para buscar ayuda, consuelo, consejo o “algo”
que nos indique el camino a seguir pero el verdadero camino,
el único, es el que llevamos dentro, el que está marcado
por nuestra experiencia, nuestro deseo y nuestra más firme convicción
y por sobre todo nuestros sentimientos.
Sólo podemos ser felices si ante todo la elección es nuestra,
y aún aunque nos equivoquemos en esa decisión el haber sido motivados
por nuestra voz interior nos permite crecer y de ello aprender
y a su vez adquirir un experiencia buena o mala.
Si dejamos nuestra vida, nuestras aspiraciones, nuestras decisiones
supeditadas a los demás el precio final puede ser muy bueno
como puede también conducirnos a un caos total.
Para ser feliz: Siente primero que es lo correcto para ti
y nunca dejes de escuchar tu corazón que él es el único
que puede darte la verdadera respuesta.
Toma el timón de tu vida…
Nuestra vida es nuestro pensamiento. Cuando Un hombre cambia sus pensamientos hacia las cosas y las personas, las personas y las cosas cambian.
James Allen

¿Te das cuenta de que la vida es como el mar?
Hay días que son azules y tranquilos,
con las aguas acogedoras, deliciosas.
Otros días son nublados, con grandes tempestades,
aunque cuando parece que el océano te va a devorar
nace un nuevo día lleno de sol y calor.
Navegamos en medio de este océano.
Somos lanchitas pequeñas,
pero grandiosas.
Cada lancha tiene su timón.
En ti está el tomar hoy mismo el timón de tu vida.
Sabes, por la gracia de Dios, el rumbo que deseas seguir.
Sabes que para llegar a tu meta tendrás que atravesar
-como todos- grandes tormentas de todo tipo:
pasionales, depresivas, morales, económicas.
Sin embargo, tienes el timón en tus manos.
Como todo marinero, debes saber manejar el timón.
En el orden material, cuando tenemos un tremendo dolor de cabeza,
nos produce tristeza, depresión, etc.
Nuestro barquito empieza a ladearse por un simple dolor.
Tomamos un medicamento y enderezamos el barco.
Volvemos a sentir la salud normal
que nos lleva a equilibrados en lo físico.
Diariamente tenemos que ir gobernando el timón;
debemos tomar determinaciones, decisiones,
para enderezar nuestra vida.
En el orden moral, nos topamos con amistades
que nos arrastran a cosas no convenientes
de diferentes tipos: conversaciones que dañan
nuestra mente tranquila, ideas negativas para nuestro vivir.
Hay que tomar el timón de nuestra nave y no dejar
que nos aparten del equilibrio moral y espiritual.
Tendrás que tomar decisiones.
Tómalas, con la seguridad, de que nada te aparte
de tu camino, de tu meta.
Cometemos errores y de ahí vienen nuestras depresiones
y nuestra agresividad.
Cuando encuentres en tu vida gente agresiva y que sólo
ve lo negativo de los demás, discúlpalas,
perdónales de antemano.
Son personas que no han sabido llevar el timón de su vida.
Se han apartado del camino de la bondad, de la alegría
y del amor, que es para lo cual hemos sido creados.
Pero tú… toma el timón de tu nave.
Vive intensamente el momento presente,
concentra todo tu ser en lo que haces
y no temas al futuro.
El faro de Dios te cuida y te protege siempre.
Reflexión de vida – ¿Tienes Metas?
Son las metas las que nos hacen seguir adelante.
¿Te has dado cuenta de que te sientes más feliz
en mitad de un proyecto que al finalizarlo?
¿Has observado que cuando concluyes un proyecto,
te abocas a buscar uno nuevo?

Por naturaleza establecemos metas.
No podemos vivir sin ellas, al menos, no por mucho tiempo.
Por lo tanto, si todavía no has establecido tus metas,
no tardes en hacerlo. No importa tanto la meta,
sino el hecho de tenerla.
Algunas personas se las ingenian para posponer
continuamente aquello que les gustaría hacer en la vida,
Como no están totalmente seguras de que la meta
que tienen en mente sea la que más les conviene,
¡nunca hacen nada!
La “presesión” es el principio por el cual,
al buscar una meta invariablemente obtenemos muchas más cosas.
Lo importante no es el solo hecho de alcanzar la meta,
sino aprender y perfeccionarnos en el proceso.
Los logros que obtengas al perseguir tus metas
no tienen mayor importancia.
Lo que realmente interesa es en qué te transformaste.
Cuando te empeñes por alcanzar una meta, vale la pena
que recuerdes cómo operan las cosas en este planeta.
Nada se mueve en línea recta.
Ninguna meta se alcanza sin antes haber librado diversos obstáculos.
Andrew Matthews
Compasión
Todo amor genuino es compasión, y todo amor que no sea compasión es egoísmo.
Arthur Schopenhauer
Por lo general, la capacidad de conmovernos ante las circunstancias que afectan a los demás se pierde progresivamente, parecería ser que la compasión sólo se tiene por momentos aleatorios. En este sentido, recuperar esa sensibilidad requiere acciones inmediatas para lograr una mejor calidad de vida en nuestra sociedad.
La compasión supone una manera de sentir y compartir, participando de los tropiezos materiales, personales y espirituales que atraviesan los demás, con el interés y la decisión de emprender acciones que les faciliten y los ayuden a superar estos problemas.

Los problemas y las desgracias suceden a diario: las fuerzas naturales, la violencia entre los hombres y los accidentes. La compasión, en estos casos tan lamentables, nos lleva a realizar campañas, colectas o prestar servicios para ayudar en las labores humanitarias.
Sin embargo, no debemos confundir compasión con lástima, ya que no son lo mismo. En este sentido, podemos observar las desgracia muchas veces como algo sin remedio y sentimos escalofrío al pensar que sería de nosotros en esa situación, sin hacer nada, en todo caso, pronunciamos unas cuantas palabras para aparentar condolencia.
Por otra parte, la indiferencia envuelve paulatinamente a los seres humanos, los contratiempos ajenos parecen distantes, y mientras no seamos los afectados, todo parece marchar bien. Este desinterés por los demás, se solidifica y nos hace indolentes, egoístas y centrados en nuestro propio bienestar.
No obstante, aquellas personas que nos rodean necesitan de esa compasión que comprende, se identifica y se transforma en actitud de servicio. Podemos descubrir este valor en diversos momentos y circunstancias de nuestra vida, quizás resulten pequeños, pero cada uno contribuye a elevar de forma significativa nuestra calidad humana:
- Realizar una visita a un amigo o familiar que ha sufrido un accidente o padece una grave enfermedad: más que lamentar su estado, debemos estar pendientes de su recuperación, visitarlo a diario, llevando alegría y generando un clima agradable.
- Si somos padres, debemos tener una reacción comprensiva ante las faltas de nuestros hijos, ya sean por inmadurez, descuido o una travesura deliberada. Reprender, animar y confiar en la promesa de ser la última vez que ocurra…
- Si somos profesores, debemos ser conscientes de la edad y las circunstancias particulares de nuestros alumnos, corrigiendo sin enojo pero con firmeza la indisciplina, y a su vez, poniendo todos los recursos que se encuentran a nuestro alcance para ayudar a ese joven con las dificultades en el estudio.
- Toda persona en la oficina que roba tiempo a sus ocupaciones para explicar, enseñar y hacer entender a sus compañeros las particularidades de su labor, conocedor de su necesidad de trabajo y de la importancia del trabajo en conjunto.
Viviendo a través de la compasión reafirmamos otros valores: como la generosidad y el servicio por poner a disposición de los demás el tiempo y recursos personales; la sencillez porque no se hace distinción entre las personas por su condición; solidaridad por tomar en sus manos los problemas ajenos haciéndolos propios; comprensión porque al ponerse en el lugar de otros, descubrimos el valor de la ayuda desinteresada.
Aunque la compasión nace como una profunda convicción de procurar el bien de nuestros semejantes, debemos crear conciencia y encaminar nuestros esfuerzos a cultivar este valor tan lleno de oportunidades para nuestra mejora personal:
- Evita criticar y juzgar las faltas y errores ajenos. Procura comprender que muchas veces las circunstancias, la falta de formación o de experiencia hacen que las personas actúen equivocadamente. En consecuencia, no permitas que los demás “se las arreglen como puedan” y haz lo necesario para ayudarles.
- Observa quienes a tu alrededor padecen una necesidad o sufren contratiempos, determina cómo puedes ayudar y ejecuta tus propósitos.
- Centra tu atención en las personas, en sus necesidades y carencias, sin discriminarlas por su posición o el grado de efecto que les tengas.
- Rechaza la tentación de hacer notar tu participación o esperar cualquier forma de retribución, lo cual sería soberbia e interés.
- Visita centros para la atención de enfermos, ancianos o discapacitados con el firme propósito de llevar medicamentos, alegría, conversación, y de vez en cuando una golosina. Aprenderás que la compasión te llevará a ser útil de verdad.
La compasión enriquece porque va más allá de los acontecimientos y las circunstancias, centrándose en descubrir a las personas, sus necesidades y padecimientos, con una actitud permanente de servicio, ayuda y asistencia, haciendo a un lado el inútil sentimiento de lástima, la indolencia y el egoísmo.
Las cosas buenas
Me gustan las fogatas; me gusta su fragancia
que en otoño llenaba los parques de mi infancia:
follajes derrotados de pinos y eucaliptos
poblando los senderos de incendios circunscriptos;
holocaustos sencillos, vegetal sacrificio,
para impetrar la gracia de un invierno propicio.
Y me gustan los trenes, los magníficos trenes
cuyo paso recuerdan nostálgicos andenes:
grandes locomotoras que animaba el carbón
en feliz singladura rumbo a Constitución.
Me gustan los jazmines, leves constelaciones
de estrellas diminutas en tapias y portones.
Me gustan las estrellas, titilantes jazmines
floridos en la altura de nocturnos jardines.
Y me gustan las telas, esos rústicos paños
que albergan en su trama perfume de rebaños.
También me gusta el mate, su pausado ritual
nacido en la llanura, circunspecto y formal,
El vino de Borgoña, rotundo y saludable;
el vinito patero, de espíritu mudable.
Y me gustan las armas, su mecanismo inerte
que acata los mandatos de la vida y la muerte
Me gustan los revólveres, las finas espingardas
y las nobles espadas, las picas y alabardas.
Me gusta la escopeta que acompasa la marcha
suspendida del hombro en mañana de escarcha.
Me gusta el horizonte, ese límpido trazo
que suelda cielo y suelo, limitando el ocaso.
Y me gusta el ocaso, me gusta aquel crisol
donde arden los metales agónicos de sol.
Agónicos metales de contorno celeste
que se van apagando allá por el oeste.
Y me gustan los nombres, los nombres musicales
que designan precisos los puntos cardinales:
cada esquina del mapa se sostiene segura
en las cuatro columnas de su nomenclatura.
Me gustan las aldabas y me gustan las brújulas.
Me gustan como suenan las palabras esdrújulas.
Y me gustan las cúpulas. Me gustan las clemátides,
los pájaros, las ánforas, las clásicas cariátides.

Me gustan las dalmáticas de púrpura, los trípticos,
la acústica de los túneles y los símbolos crípticos.
Me gustan los discretos postigos de madera
y las casas de barrio con patio y con higuera:
casas bajas con largos zagüanes y cancel
de vidrios con bordes cortados en bisel.
Y me gustan los patios con frescura de parras;
con malvones, rayuela, canarios y guitarras.
Me gustan las charangas de la Caballería
y comprar panes tibios en la panadería.
Me gustan los deportes violentos. El vestuario
después de los partidos: su ambiente solidario,
su olor a linimento y los doctos debates
que analizan jugadas cual si fueran combates.
Me gustan las campanas de modestas capillas.
Me gustan los cencerros que rigen las tropillas.
Me gustan los cigarros, opulentos habanos
donde habitan sabores de climas antillanos;
los cigarros negros y el pulido naval
de las pipas talladas en raíz de nogal.
Me gustan las gragatas, me gustan los veleros,
me gustan los sonoros vocablos marineros:
bauprés, obenque, jarcia, pañol, arboladura,
bitácora, mesana, barlovento y amura.
Me gustan las almendras, la nuez y la avellana
y me gustan los curas vestidos con sotana.
Me gustan los soldados que llevan uniforme.
Me gustan las fachadas con un escudo enorme.
Y me gustan los reyes que reinan como reyes,
sin ningún Parlamento que le imponga leyes.
Me gustan los molinos, me gustan los pasteles,
me gustan las arañas de cristal con caireles.
Me gustan las estatuas, los coches de carreras,
las casillas prolijas de los guardabarreras.
Me gustan los colores de los vitrales góticos
y me gustan los mapas de países exóticos.
Los mapas con sus nombre misteriosos: Uganda,
Yucatán, Dardanelos, Calcuta y Samarkanda.
Me gustan los maníes que venden en la calle
y los libros usados de la Plaza Lavalle.
Me gustan los estantes con tomos alineados
que muestran en el lomo sus títulos dorados.
Me gustan los sonetos, los gruesos diccionarios,
los cuentos de fantasmas y los antifonarios.
Me gustan los ex libris con leyendas distintas,
me gustan las imprentas y su mundo de tintas.
Me gustan las veletas, también los pararrayos;
los caballos lobunos, alazanes y bayos.
Me gu stan las espuelas, las monedas de plata,
los macizos de hortensias, los cofres de pirata.
Y me gustan las vigas labradas de quebracho,
me gustan las encinas, los fresnos, el lapacho.
Me gustan los bastones de malaca y de boj
los números romanos de algún viejo reloj.
Me gusta de la lluvia su redoble minúsculo,
me gustan las banderas bajando en el crepúsculo.
Me gustan mis amigos, mi Patria, mi mujer,
mis hijos, mi apellido, mi Dios y mi deber.
(Perdón por este verso tan poco intelectual,
sin traumas, sin protesta, ni angustia existencial.)
Juan Luis Gallardo


